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DELE C1 listening practice questions

30 DELE C1 listening questions with the answer to each one, tarea by tarea in the order the DELE paper asks them. They come from the same reviewed bank as the mock exams on this site, and none of them appears on a paper you can sit here, so working through these spends nothing.

Compared with DELE B2, the CEFR band moves from B2 to C1, the paper runs 240 minutes instead of 210, it asks 75 questions and tasks instead of 71. On the paper itself, the longest writing task rises from 180 words to 250.

DELE · Comprensión auditiva y uso de la lengua · 30 questions with answers · free to read, no account

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Tarea 1

A lecture or interview extract; pick the six notes of twelve that match it.

An extract from a lecture or interview about which some notes were taken, heard twice, and twelve options labelled A to L. The instruction allows one minute to read the options first.

1
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en la que la economista Eloísa Garay habla acerca de los efectos económicos que tuvo recuperar un río en una ciudad del interior. Bueno, pues muchas gracias por la invitación. Quería empezar por un sitio que ya no existe, ¿vale?, porque me parece que se entiende mejor así. Hasta hace unos diez años, por el centro de esta ciudad —no os voy a decir cuál, que luego se enfadan— no pasaba ningún río. O sea, pasaba, pero por debajo. En los años sesenta lo habían metido en un tubo de hormigón y encima habían levantado una avenida, la avenida de las Fundiciones: cuatro carriles, almacenes a los lados, concesionarios de coches... un sitio de paso, vamos. Y os quiero describir tres escenas de aquella avenida, porque las tengo muy vistas. La primera, por la mañana: camiones descargando en los almacenes, mucho ruido, mucho trabajador, mucha actividad, sí, pero una actividad que no se quedaba allí, que entraba y salía. La segunda escena: los bajos comerciales. La mitad, cerrados. La gente cruzaba deprisa, nadie se paraba, nadie se tomaba nada. Y la tercera, la peor: cada dos por tres, cuando llovía fuerte, aquel tubo no daba abasto y se inundaba todo. Los seguros pagando, los comercios cerrando una semana... un coste que casi nadie contabilizaba, pero que estaba ahí. Entonces, ¿qué pasó? Pues que hacia 2015 el ayuntamiento tomó una decisión que en su momento pareció una locura: sacar el río otra vez a la superficie. Quitar la avenida, abrir el cauce, plantar un paseo a los dos lados. Y aquí es donde entra mi trabajo, porque a mí lo que me interesaba no era si quedaba bonito —que quedó—, sino qué le pasaba a la economía de aquel barrio. Y os cuento lo que dice la evidencia, que no siempre coincide con lo que uno esperaría. Lo primero, el empleo. Se perdieron puestos, sí, los de los almacenes, que se marcharon a un polígono. Pero a los tres años había más gente trabajando en la zona que antes, solo que en otra cosa: hostelería, servicios, pequeños talleres, oficinas. O sea, no fue tanto crear como cambiar de sitio y de tipo. Segundo, el gasto. Y esto es lo más llamativo. La gente empezó a quedarse. Antes cruzabas; ahora te sientas. Medimos el gasto medio por visitante y se multiplicó, porque una cosa es pasar y otra es pararte a comer, a tomar algo, a comprar. El comercio de proximidad, que estaba medio muerto, revivió. Ahora, quiero hacer una distinción que me parece importante, porque si no, esto suena a cuento de hadas. Una cosa es el valor que se crea y otra el valor que simplemente se desplaza. Me explico: parte de esa riqueza nueva no es nueva del todo; es gente y dinero que antes gastaba en otro barrio y ahora gasta aquí. Y hay un efecto que a mí me preocupa: los alquileres. Subieron mucho, y varias familias de toda la vida tuvieron que irse. Eso también es parte de la cuenta, y quien os diga que no, os está vendiendo algo. Os doy dos ejemplos concretos. Uno: una panadería que llevaba cuarenta años y estaba a punto de cerrar. Con el paseo, pasó de vender por la mañana a vender todo el día, y contrató a tres personas. Ese es el lado bueno. Y el otro ejemplo, el reverso: una peluquería del mismo portal cerró, porque al local le triplicaron el alquiler y la dueña no pudo seguir. Las dos cosas pasaron en la misma calle, el mismo año. Y una cosa más sobre el ahorro, que me preguntáis mucho. Las familias de la zona que eran propietarias, de repente tenían un piso que valía bastante más. En teoría, más ricas. Pero ojo, ese ahorro está atrapado en el ladrillo; no lo puedes gastar sin vender y mudarte. Así que yo tendría cuidado con celebrar demasiado esa subida. Entonces, para ir cerrando: recuperar el río fue, en conjunto, bueno para la economía local, no me cabe duda. Pero no fue gratis ni fue igual para todos. Y esa es, digamos, la lección que yo saco: estas cosas se miden enteras, con lo bonito y con la letra pequeña. Gracias.

Enunciado 1 de 6

ASegún la ponente, muchos transeúntes pasaron de atravesar la zona a detenerse y consumir en ella.answer
BLa ponente advierte de que revalorizarse la vivienda no equivale a disponer de más dinero.answer
CLa ponente afirma que el río jamás llegó a discurrir oculto bajo la ciudad.
DSegún la economista, los almacenes de la antigua avenida continúan operando en su emplazamiento original.
ELa conferenciante diferencia entre la riqueza que de verdad se crea y la que solo se traslada.answer
FSegún la economista, la subida de los alquileres empujó a marcharse a vecinos de siempre.answer
GLa conferenciante afirma que el gasto medio por cada visitante apenas cambió una vez inaugurado el paseo.
HLa ponente sostiene que rescatar el cauce resultó, en balance, provechoso para la economía del barrio.answer
ISegún la ponente, el empleo que surgió después se concentró sobre todo en la industria y los almacenes.
JLa conferenciante sostiene que las inundaciones de la avenida no acarreaban gastos dignos de mención.
KLa ponente cuenta que la panadería del barrio terminó por cerrar pese a la reforma.
LLa ponente reconoce que le interesaba más el impacto económico que el resultado estético del proyecto.answer
2
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en la que la economista Eloísa Garay habla acerca de los efectos económicos que tuvo recuperar un río en una ciudad del interior. Bueno, pues muchas gracias por la invitación. Quería empezar por un sitio que ya no existe, ¿vale?, porque me parece que se entiende mejor así. Hasta hace unos diez años, por el centro de esta ciudad —no os voy a decir cuál, que luego se enfadan— no pasaba ningún río. O sea, pasaba, pero por debajo. En los años sesenta lo habían metido en un tubo de hormigón y encima habían levantado una avenida, la avenida de las Fundiciones: cuatro carriles, almacenes a los lados, concesionarios de coches... un sitio de paso, vamos. Y os quiero describir tres escenas de aquella avenida, porque las tengo muy vistas. La primera, por la mañana: camiones descargando en los almacenes, mucho ruido, mucho trabajador, mucha actividad, sí, pero una actividad que no se quedaba allí, que entraba y salía. La segunda escena: los bajos comerciales. La mitad, cerrados. La gente cruzaba deprisa, nadie se paraba, nadie se tomaba nada. Y la tercera, la peor: cada dos por tres, cuando llovía fuerte, aquel tubo no daba abasto y se inundaba todo. Los seguros pagando, los comercios cerrando una semana... un coste que casi nadie contabilizaba, pero que estaba ahí. Entonces, ¿qué pasó? Pues que hacia 2015 el ayuntamiento tomó una decisión que en su momento pareció una locura: sacar el río otra vez a la superficie. Quitar la avenida, abrir el cauce, plantar un paseo a los dos lados. Y aquí es donde entra mi trabajo, porque a mí lo que me interesaba no era si quedaba bonito —que quedó—, sino qué le pasaba a la economía de aquel barrio. Y os cuento lo que dice la evidencia, que no siempre coincide con lo que uno esperaría. Lo primero, el empleo. Se perdieron puestos, sí, los de los almacenes, que se marcharon a un polígono. Pero a los tres años había más gente trabajando en la zona que antes, solo que en otra cosa: hostelería, servicios, pequeños talleres, oficinas. O sea, no fue tanto crear como cambiar de sitio y de tipo. Segundo, el gasto. Y esto es lo más llamativo. La gente empezó a quedarse. Antes cruzabas; ahora te sientas. Medimos el gasto medio por visitante y se multiplicó, porque una cosa es pasar y otra es pararte a comer, a tomar algo, a comprar. El comercio de proximidad, que estaba medio muerto, revivió. Ahora, quiero hacer una distinción que me parece importante, porque si no, esto suena a cuento de hadas. Una cosa es el valor que se crea y otra el valor que simplemente se desplaza. Me explico: parte de esa riqueza nueva no es nueva del todo; es gente y dinero que antes gastaba en otro barrio y ahora gasta aquí. Y hay un efecto que a mí me preocupa: los alquileres. Subieron mucho, y varias familias de toda la vida tuvieron que irse. Eso también es parte de la cuenta, y quien os diga que no, os está vendiendo algo. Os doy dos ejemplos concretos. Uno: una panadería que llevaba cuarenta años y estaba a punto de cerrar. Con el paseo, pasó de vender por la mañana a vender todo el día, y contrató a tres personas. Ese es el lado bueno. Y el otro ejemplo, el reverso: una peluquería del mismo portal cerró, porque al local le triplicaron el alquiler y la dueña no pudo seguir. Las dos cosas pasaron en la misma calle, el mismo año. Y una cosa más sobre el ahorro, que me preguntáis mucho. Las familias de la zona que eran propietarias, de repente tenían un piso que valía bastante más. En teoría, más ricas. Pero ojo, ese ahorro está atrapado en el ladrillo; no lo puedes gastar sin vender y mudarte. Así que yo tendría cuidado con celebrar demasiado esa subida. Entonces, para ir cerrando: recuperar el río fue, en conjunto, bueno para la economía local, no me cabe duda. Pero no fue gratis ni fue igual para todos. Y esa es, digamos, la lección que yo saco: estas cosas se miden enteras, con lo bonito y con la letra pequeña. Gracias.

Enunciado 2 de 6

ASegún la ponente, muchos transeúntes pasaron de atravesar la zona a detenerse y consumir en ella.answer
BLa ponente advierte de que revalorizarse la vivienda no equivale a disponer de más dinero.answer
CLa ponente afirma que el río jamás llegó a discurrir oculto bajo la ciudad.
DSegún la economista, los almacenes de la antigua avenida continúan operando en su emplazamiento original.
ELa conferenciante diferencia entre la riqueza que de verdad se crea y la que solo se traslada.answer
FSegún la economista, la subida de los alquileres empujó a marcharse a vecinos de siempre.answer
GLa conferenciante afirma que el gasto medio por cada visitante apenas cambió una vez inaugurado el paseo.
HLa ponente sostiene que rescatar el cauce resultó, en balance, provechoso para la economía del barrio.answer
ISegún la ponente, el empleo que surgió después se concentró sobre todo en la industria y los almacenes.
JLa conferenciante sostiene que las inundaciones de la avenida no acarreaban gastos dignos de mención.
KLa ponente cuenta que la panadería del barrio terminó por cerrar pese a la reforma.
LLa ponente reconoce que le interesaba más el impacto económico que el resultado estético del proyecto.answer
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en la que la economista Eloísa Garay habla acerca de los efectos económicos que tuvo recuperar un río en una ciudad del interior. Bueno, pues muchas gracias por la invitación. Quería empezar por un sitio que ya no existe, ¿vale?, porque me parece que se entiende mejor así. Hasta hace unos diez años, por el centro de esta ciudad —no os voy a decir cuál, que luego se enfadan— no pasaba ningún río. O sea, pasaba, pero por debajo. En los años sesenta lo habían metido en un tubo de hormigón y encima habían levantado una avenida, la avenida de las Fundiciones: cuatro carriles, almacenes a los lados, concesionarios de coches... un sitio de paso, vamos. Y os quiero describir tres escenas de aquella avenida, porque las tengo muy vistas. La primera, por la mañana: camiones descargando en los almacenes, mucho ruido, mucho trabajador, mucha actividad, sí, pero una actividad que no se quedaba allí, que entraba y salía. La segunda escena: los bajos comerciales. La mitad, cerrados. La gente cruzaba deprisa, nadie se paraba, nadie se tomaba nada. Y la tercera, la peor: cada dos por tres, cuando llovía fuerte, aquel tubo no daba abasto y se inundaba todo. Los seguros pagando, los comercios cerrando una semana... un coste que casi nadie contabilizaba, pero que estaba ahí. Entonces, ¿qué pasó? Pues que hacia 2015 el ayuntamiento tomó una decisión que en su momento pareció una locura: sacar el río otra vez a la superficie. Quitar la avenida, abrir el cauce, plantar un paseo a los dos lados. Y aquí es donde entra mi trabajo, porque a mí lo que me interesaba no era si quedaba bonito —que quedó—, sino qué le pasaba a la economía de aquel barrio. Y os cuento lo que dice la evidencia, que no siempre coincide con lo que uno esperaría. Lo primero, el empleo. Se perdieron puestos, sí, los de los almacenes, que se marcharon a un polígono. Pero a los tres años había más gente trabajando en la zona que antes, solo que en otra cosa: hostelería, servicios, pequeños talleres, oficinas. O sea, no fue tanto crear como cambiar de sitio y de tipo. Segundo, el gasto. Y esto es lo más llamativo. La gente empezó a quedarse. Antes cruzabas; ahora te sientas. Medimos el gasto medio por visitante y se multiplicó, porque una cosa es pasar y otra es pararte a comer, a tomar algo, a comprar. El comercio de proximidad, que estaba medio muerto, revivió. Ahora, quiero hacer una distinción que me parece importante, porque si no, esto suena a cuento de hadas. Una cosa es el valor que se crea y otra el valor que simplemente se desplaza. Me explico: parte de esa riqueza nueva no es nueva del todo; es gente y dinero que antes gastaba en otro barrio y ahora gasta aquí. Y hay un efecto que a mí me preocupa: los alquileres. Subieron mucho, y varias familias de toda la vida tuvieron que irse. Eso también es parte de la cuenta, y quien os diga que no, os está vendiendo algo. Os doy dos ejemplos concretos. Uno: una panadería que llevaba cuarenta años y estaba a punto de cerrar. Con el paseo, pasó de vender por la mañana a vender todo el día, y contrató a tres personas. Ese es el lado bueno. Y el otro ejemplo, el reverso: una peluquería del mismo portal cerró, porque al local le triplicaron el alquiler y la dueña no pudo seguir. Las dos cosas pasaron en la misma calle, el mismo año. Y una cosa más sobre el ahorro, que me preguntáis mucho. Las familias de la zona que eran propietarias, de repente tenían un piso que valía bastante más. En teoría, más ricas. Pero ojo, ese ahorro está atrapado en el ladrillo; no lo puedes gastar sin vender y mudarte. Así que yo tendría cuidado con celebrar demasiado esa subida. Entonces, para ir cerrando: recuperar el río fue, en conjunto, bueno para la economía local, no me cabe duda. Pero no fue gratis ni fue igual para todos. Y esa es, digamos, la lección que yo saco: estas cosas se miden enteras, con lo bonito y con la letra pequeña. Gracias.

Enunciado 3 de 6

ASegún la ponente, muchos transeúntes pasaron de atravesar la zona a detenerse y consumir en ella.answer
BLa ponente advierte de que revalorizarse la vivienda no equivale a disponer de más dinero.answer
CLa ponente afirma que el río jamás llegó a discurrir oculto bajo la ciudad.
DSegún la economista, los almacenes de la antigua avenida continúan operando en su emplazamiento original.
ELa conferenciante diferencia entre la riqueza que de verdad se crea y la que solo se traslada.answer
FSegún la economista, la subida de los alquileres empujó a marcharse a vecinos de siempre.answer
GLa conferenciante afirma que el gasto medio por cada visitante apenas cambió una vez inaugurado el paseo.
HLa ponente sostiene que rescatar el cauce resultó, en balance, provechoso para la economía del barrio.answer
ISegún la ponente, el empleo que surgió después se concentró sobre todo en la industria y los almacenes.
JLa conferenciante sostiene que las inundaciones de la avenida no acarreaban gastos dignos de mención.
KLa ponente cuenta que la panadería del barrio terminó por cerrar pese a la reforma.
LLa ponente reconoce que le interesaba más el impacto económico que el resultado estético del proyecto.answer
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en la que la economista Eloísa Garay habla acerca de los efectos económicos que tuvo recuperar un río en una ciudad del interior. Bueno, pues muchas gracias por la invitación. Quería empezar por un sitio que ya no existe, ¿vale?, porque me parece que se entiende mejor así. Hasta hace unos diez años, por el centro de esta ciudad —no os voy a decir cuál, que luego se enfadan— no pasaba ningún río. O sea, pasaba, pero por debajo. En los años sesenta lo habían metido en un tubo de hormigón y encima habían levantado una avenida, la avenida de las Fundiciones: cuatro carriles, almacenes a los lados, concesionarios de coches... un sitio de paso, vamos. Y os quiero describir tres escenas de aquella avenida, porque las tengo muy vistas. La primera, por la mañana: camiones descargando en los almacenes, mucho ruido, mucho trabajador, mucha actividad, sí, pero una actividad que no se quedaba allí, que entraba y salía. La segunda escena: los bajos comerciales. La mitad, cerrados. La gente cruzaba deprisa, nadie se paraba, nadie se tomaba nada. Y la tercera, la peor: cada dos por tres, cuando llovía fuerte, aquel tubo no daba abasto y se inundaba todo. Los seguros pagando, los comercios cerrando una semana... un coste que casi nadie contabilizaba, pero que estaba ahí. Entonces, ¿qué pasó? Pues que hacia 2015 el ayuntamiento tomó una decisión que en su momento pareció una locura: sacar el río otra vez a la superficie. Quitar la avenida, abrir el cauce, plantar un paseo a los dos lados. Y aquí es donde entra mi trabajo, porque a mí lo que me interesaba no era si quedaba bonito —que quedó—, sino qué le pasaba a la economía de aquel barrio. Y os cuento lo que dice la evidencia, que no siempre coincide con lo que uno esperaría. Lo primero, el empleo. Se perdieron puestos, sí, los de los almacenes, que se marcharon a un polígono. Pero a los tres años había más gente trabajando en la zona que antes, solo que en otra cosa: hostelería, servicios, pequeños talleres, oficinas. O sea, no fue tanto crear como cambiar de sitio y de tipo. Segundo, el gasto. Y esto es lo más llamativo. La gente empezó a quedarse. Antes cruzabas; ahora te sientas. Medimos el gasto medio por visitante y se multiplicó, porque una cosa es pasar y otra es pararte a comer, a tomar algo, a comprar. El comercio de proximidad, que estaba medio muerto, revivió. Ahora, quiero hacer una distinción que me parece importante, porque si no, esto suena a cuento de hadas. Una cosa es el valor que se crea y otra el valor que simplemente se desplaza. Me explico: parte de esa riqueza nueva no es nueva del todo; es gente y dinero que antes gastaba en otro barrio y ahora gasta aquí. Y hay un efecto que a mí me preocupa: los alquileres. Subieron mucho, y varias familias de toda la vida tuvieron que irse. Eso también es parte de la cuenta, y quien os diga que no, os está vendiendo algo. Os doy dos ejemplos concretos. Uno: una panadería que llevaba cuarenta años y estaba a punto de cerrar. Con el paseo, pasó de vender por la mañana a vender todo el día, y contrató a tres personas. Ese es el lado bueno. Y el otro ejemplo, el reverso: una peluquería del mismo portal cerró, porque al local le triplicaron el alquiler y la dueña no pudo seguir. Las dos cosas pasaron en la misma calle, el mismo año. Y una cosa más sobre el ahorro, que me preguntáis mucho. Las familias de la zona que eran propietarias, de repente tenían un piso que valía bastante más. En teoría, más ricas. Pero ojo, ese ahorro está atrapado en el ladrillo; no lo puedes gastar sin vender y mudarte. Así que yo tendría cuidado con celebrar demasiado esa subida. Entonces, para ir cerrando: recuperar el río fue, en conjunto, bueno para la economía local, no me cabe duda. Pero no fue gratis ni fue igual para todos. Y esa es, digamos, la lección que yo saco: estas cosas se miden enteras, con lo bonito y con la letra pequeña. Gracias.

Enunciado 4 de 6

ASegún la ponente, muchos transeúntes pasaron de atravesar la zona a detenerse y consumir en ella.answer
BLa ponente advierte de que revalorizarse la vivienda no equivale a disponer de más dinero.answer
CLa ponente afirma que el río jamás llegó a discurrir oculto bajo la ciudad.
DSegún la economista, los almacenes de la antigua avenida continúan operando en su emplazamiento original.
ELa conferenciante diferencia entre la riqueza que de verdad se crea y la que solo se traslada.answer
FSegún la economista, la subida de los alquileres empujó a marcharse a vecinos de siempre.answer
GLa conferenciante afirma que el gasto medio por cada visitante apenas cambió una vez inaugurado el paseo.
HLa ponente sostiene que rescatar el cauce resultó, en balance, provechoso para la economía del barrio.answer
ISegún la ponente, el empleo que surgió después se concentró sobre todo en la industria y los almacenes.
JLa conferenciante sostiene que las inundaciones de la avenida no acarreaban gastos dignos de mención.
KLa ponente cuenta que la panadería del barrio terminó por cerrar pese a la reforma.
LLa ponente reconoce que le interesaba más el impacto económico que el resultado estético del proyecto.answer
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en la que la economista Eloísa Garay habla acerca de los efectos económicos que tuvo recuperar un río en una ciudad del interior. Bueno, pues muchas gracias por la invitación. Quería empezar por un sitio que ya no existe, ¿vale?, porque me parece que se entiende mejor así. Hasta hace unos diez años, por el centro de esta ciudad —no os voy a decir cuál, que luego se enfadan— no pasaba ningún río. O sea, pasaba, pero por debajo. En los años sesenta lo habían metido en un tubo de hormigón y encima habían levantado una avenida, la avenida de las Fundiciones: cuatro carriles, almacenes a los lados, concesionarios de coches... un sitio de paso, vamos. Y os quiero describir tres escenas de aquella avenida, porque las tengo muy vistas. La primera, por la mañana: camiones descargando en los almacenes, mucho ruido, mucho trabajador, mucha actividad, sí, pero una actividad que no se quedaba allí, que entraba y salía. La segunda escena: los bajos comerciales. La mitad, cerrados. La gente cruzaba deprisa, nadie se paraba, nadie se tomaba nada. Y la tercera, la peor: cada dos por tres, cuando llovía fuerte, aquel tubo no daba abasto y se inundaba todo. Los seguros pagando, los comercios cerrando una semana... un coste que casi nadie contabilizaba, pero que estaba ahí. Entonces, ¿qué pasó? Pues que hacia 2015 el ayuntamiento tomó una decisión que en su momento pareció una locura: sacar el río otra vez a la superficie. Quitar la avenida, abrir el cauce, plantar un paseo a los dos lados. Y aquí es donde entra mi trabajo, porque a mí lo que me interesaba no era si quedaba bonito —que quedó—, sino qué le pasaba a la economía de aquel barrio. Y os cuento lo que dice la evidencia, que no siempre coincide con lo que uno esperaría. Lo primero, el empleo. Se perdieron puestos, sí, los de los almacenes, que se marcharon a un polígono. Pero a los tres años había más gente trabajando en la zona que antes, solo que en otra cosa: hostelería, servicios, pequeños talleres, oficinas. O sea, no fue tanto crear como cambiar de sitio y de tipo. Segundo, el gasto. Y esto es lo más llamativo. La gente empezó a quedarse. Antes cruzabas; ahora te sientas. Medimos el gasto medio por visitante y se multiplicó, porque una cosa es pasar y otra es pararte a comer, a tomar algo, a comprar. El comercio de proximidad, que estaba medio muerto, revivió. Ahora, quiero hacer una distinción que me parece importante, porque si no, esto suena a cuento de hadas. Una cosa es el valor que se crea y otra el valor que simplemente se desplaza. Me explico: parte de esa riqueza nueva no es nueva del todo; es gente y dinero que antes gastaba en otro barrio y ahora gasta aquí. Y hay un efecto que a mí me preocupa: los alquileres. Subieron mucho, y varias familias de toda la vida tuvieron que irse. Eso también es parte de la cuenta, y quien os diga que no, os está vendiendo algo. Os doy dos ejemplos concretos. Uno: una panadería que llevaba cuarenta años y estaba a punto de cerrar. Con el paseo, pasó de vender por la mañana a vender todo el día, y contrató a tres personas. Ese es el lado bueno. Y el otro ejemplo, el reverso: una peluquería del mismo portal cerró, porque al local le triplicaron el alquiler y la dueña no pudo seguir. Las dos cosas pasaron en la misma calle, el mismo año. Y una cosa más sobre el ahorro, que me preguntáis mucho. Las familias de la zona que eran propietarias, de repente tenían un piso que valía bastante más. En teoría, más ricas. Pero ojo, ese ahorro está atrapado en el ladrillo; no lo puedes gastar sin vender y mudarte. Así que yo tendría cuidado con celebrar demasiado esa subida. Entonces, para ir cerrando: recuperar el río fue, en conjunto, bueno para la economía local, no me cabe duda. Pero no fue gratis ni fue igual para todos. Y esa es, digamos, la lección que yo saco: estas cosas se miden enteras, con lo bonito y con la letra pequeña. Gracias.

Enunciado 5 de 6

ASegún la ponente, muchos transeúntes pasaron de atravesar la zona a detenerse y consumir en ella.answer
BLa ponente advierte de que revalorizarse la vivienda no equivale a disponer de más dinero.answer
CLa ponente afirma que el río jamás llegó a discurrir oculto bajo la ciudad.
DSegún la economista, los almacenes de la antigua avenida continúan operando en su emplazamiento original.
ELa conferenciante diferencia entre la riqueza que de verdad se crea y la que solo se traslada.answer
FSegún la economista, la subida de los alquileres empujó a marcharse a vecinos de siempre.answer
GLa conferenciante afirma que el gasto medio por cada visitante apenas cambió una vez inaugurado el paseo.
HLa ponente sostiene que rescatar el cauce resultó, en balance, provechoso para la economía del barrio.answer
ISegún la ponente, el empleo que surgió después se concentró sobre todo en la industria y los almacenes.
JLa conferenciante sostiene que las inundaciones de la avenida no acarreaban gastos dignos de mención.
KLa ponente cuenta que la panadería del barrio terminó por cerrar pese a la reforma.
LLa ponente reconoce que le interesaba más el impacto económico que el resultado estético del proyecto.answer
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en la que la economista Eloísa Garay habla acerca de los efectos económicos que tuvo recuperar un río en una ciudad del interior. Bueno, pues muchas gracias por la invitación. Quería empezar por un sitio que ya no existe, ¿vale?, porque me parece que se entiende mejor así. Hasta hace unos diez años, por el centro de esta ciudad —no os voy a decir cuál, que luego se enfadan— no pasaba ningún río. O sea, pasaba, pero por debajo. En los años sesenta lo habían metido en un tubo de hormigón y encima habían levantado una avenida, la avenida de las Fundiciones: cuatro carriles, almacenes a los lados, concesionarios de coches... un sitio de paso, vamos. Y os quiero describir tres escenas de aquella avenida, porque las tengo muy vistas. La primera, por la mañana: camiones descargando en los almacenes, mucho ruido, mucho trabajador, mucha actividad, sí, pero una actividad que no se quedaba allí, que entraba y salía. La segunda escena: los bajos comerciales. La mitad, cerrados. La gente cruzaba deprisa, nadie se paraba, nadie se tomaba nada. Y la tercera, la peor: cada dos por tres, cuando llovía fuerte, aquel tubo no daba abasto y se inundaba todo. Los seguros pagando, los comercios cerrando una semana... un coste que casi nadie contabilizaba, pero que estaba ahí. Entonces, ¿qué pasó? Pues que hacia 2015 el ayuntamiento tomó una decisión que en su momento pareció una locura: sacar el río otra vez a la superficie. Quitar la avenida, abrir el cauce, plantar un paseo a los dos lados. Y aquí es donde entra mi trabajo, porque a mí lo que me interesaba no era si quedaba bonito —que quedó—, sino qué le pasaba a la economía de aquel barrio. Y os cuento lo que dice la evidencia, que no siempre coincide con lo que uno esperaría. Lo primero, el empleo. Se perdieron puestos, sí, los de los almacenes, que se marcharon a un polígono. Pero a los tres años había más gente trabajando en la zona que antes, solo que en otra cosa: hostelería, servicios, pequeños talleres, oficinas. O sea, no fue tanto crear como cambiar de sitio y de tipo. Segundo, el gasto. Y esto es lo más llamativo. La gente empezó a quedarse. Antes cruzabas; ahora te sientas. Medimos el gasto medio por visitante y se multiplicó, porque una cosa es pasar y otra es pararte a comer, a tomar algo, a comprar. El comercio de proximidad, que estaba medio muerto, revivió. Ahora, quiero hacer una distinción que me parece importante, porque si no, esto suena a cuento de hadas. Una cosa es el valor que se crea y otra el valor que simplemente se desplaza. Me explico: parte de esa riqueza nueva no es nueva del todo; es gente y dinero que antes gastaba en otro barrio y ahora gasta aquí. Y hay un efecto que a mí me preocupa: los alquileres. Subieron mucho, y varias familias de toda la vida tuvieron que irse. Eso también es parte de la cuenta, y quien os diga que no, os está vendiendo algo. Os doy dos ejemplos concretos. Uno: una panadería que llevaba cuarenta años y estaba a punto de cerrar. Con el paseo, pasó de vender por la mañana a vender todo el día, y contrató a tres personas. Ese es el lado bueno. Y el otro ejemplo, el reverso: una peluquería del mismo portal cerró, porque al local le triplicaron el alquiler y la dueña no pudo seguir. Las dos cosas pasaron en la misma calle, el mismo año. Y una cosa más sobre el ahorro, que me preguntáis mucho. Las familias de la zona que eran propietarias, de repente tenían un piso que valía bastante más. En teoría, más ricas. Pero ojo, ese ahorro está atrapado en el ladrillo; no lo puedes gastar sin vender y mudarte. Así que yo tendría cuidado con celebrar demasiado esa subida. Entonces, para ir cerrando: recuperar el río fue, en conjunto, bueno para la economía local, no me cabe duda. Pero no fue gratis ni fue igual para todos. Y esa es, digamos, la lección que yo saco: estas cosas se miden enteras, con lo bonito y con la letra pequeña. Gracias.

Enunciado 6 de 6

ASegún la ponente, muchos transeúntes pasaron de atravesar la zona a detenerse y consumir en ella.answer
BLa ponente advierte de que revalorizarse la vivienda no equivale a disponer de más dinero.answer
CLa ponente afirma que el río jamás llegó a discurrir oculto bajo la ciudad.
DSegún la economista, los almacenes de la antigua avenida continúan operando en su emplazamiento original.
ELa conferenciante diferencia entre la riqueza que de verdad se crea y la que solo se traslada.answer
FSegún la economista, la subida de los alquileres empujó a marcharse a vecinos de siempre.answer
GLa conferenciante afirma que el gasto medio por cada visitante apenas cambió una vez inaugurado el paseo.
HLa ponente sostiene que rescatar el cauce resultó, en balance, provechoso para la economía del barrio.answer
ISegún la ponente, el empleo que surgió después se concentró sobre todo en la industria y los almacenes.
JLa conferenciante sostiene que las inundaciones de la avenida no acarreaban gastos dignos de mención.
KLa ponente cuenta que la panadería del barrio terminó por cerrar pese a la reforma.
LLa ponente reconoce que le interesaba más el impacto económico que el resultado estético del proyecto.answer

Tarea 2

Four conversations, each heard twice, with eight questions in all (7 to 14).

Four conversations, each played twice, and eight questions numbered 7 to 14 with options a, b and c.

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CONVERSACIÓN 1 [al teléfono] HOMBRE: Fer, ¿me escuchas? Oye, te llamo porque se complicó la cosa... MUJER: Ay, no me digas que perdiste el vuelo... HOMBRE: Perderlo no, pero lo retrasaron. Dicen que hay neblina en Monterrey y que no despegamos hasta las once, cuando mucho. MUJER: ¿Las once? Ismael, mis papás llegan a las ocho. Les dije que cenábamos los cuatro para festejar lo del casamiento... HOMBRE: Ya sé, ya sé. Por eso te marco de volada, para que no te agarre de sorpresa. MUJER: Es que yo sola con ellos... mi mamá me va a preguntar por qué no estás, y no sé ni qué decirle. HOMBRE: Oye, respira. No es para tanto. Diles la verdad: que el avión no despegó y punto. Tus papás no se van a enojar por algo que ni tú ni yo mandamos. MUJER: Mmm. ¿Y la cena? Dejé el mole a medias... HOMBRE: Pues que empiecen sin mí, yo llego al postre con suerte. Y mira, así tu mamá te ayuda a terminarlo, que a ella le encanta meter mano en la cocina. MUJER: En eso tienes razón... Bueno. Me calmo. Pero me avisas en cuanto aborden, ¿eh? HOMBRE: A la primera. Y Fer... tranquila, que un retraso no nos arruina nada. Apenas empezamos con esto, nos sobran las cenas. MUJER: Está bien. Oye, cuídate y no andes comprando chucherías en el aeropuerto. HOMBRE: Prometido. Un beso, ahí nos vemos al rato.

7
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CONVERSACIÓN 1 [al teléfono] HOMBRE: Fer, ¿me escuchas? Oye, te llamo porque se complicó la cosa... MUJER: Ay, no me digas que perdiste el vuelo... HOMBRE: Perderlo no, pero lo retrasaron. Dicen que hay neblina en Monterrey y que no despegamos hasta las once, cuando mucho. MUJER: ¿Las once? Ismael, mis papás llegan a las ocho. Les dije que cenábamos los cuatro para festejar lo del casamiento... HOMBRE: Ya sé, ya sé. Por eso te marco de volada, para que no te agarre de sorpresa. MUJER: Es que yo sola con ellos... mi mamá me va a preguntar por qué no estás, y no sé ni qué decirle. HOMBRE: Oye, respira. No es para tanto. Diles la verdad: que el avión no despegó y punto. Tus papás no se van a enojar por algo que ni tú ni yo mandamos. MUJER: Mmm. ¿Y la cena? Dejé el mole a medias... HOMBRE: Pues que empiecen sin mí, yo llego al postre con suerte. Y mira, así tu mamá te ayuda a terminarlo, que a ella le encanta meter mano en la cocina. MUJER: En eso tienes razón... Bueno. Me calmo. Pero me avisas en cuanto aborden, ¿eh? HOMBRE: A la primera. Y Fer... tranquila, que un retraso no nos arruina nada. Apenas empezamos con esto, nos sobran las cenas. MUJER: Está bien. Oye, cuídate y no andes comprando chucherías en el aeropuerto. HOMBRE: Prometido. Un beso, ahí nos vemos al rato.

De la conversación se deduce que el hombre…

Aprefiere avisarle del contratiempo cuanto antes.answer
Balcanzará a llegar antes de que sirvan la cena.
Cse quedó sin vuelo por la neblina en Monterrey.
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CONVERSACIÓN 1 [al teléfono] HOMBRE: Fer, ¿me escuchas? Oye, te llamo porque se complicó la cosa... MUJER: Ay, no me digas que perdiste el vuelo... HOMBRE: Perderlo no, pero lo retrasaron. Dicen que hay neblina en Monterrey y que no despegamos hasta las once, cuando mucho. MUJER: ¿Las once? Ismael, mis papás llegan a las ocho. Les dije que cenábamos los cuatro para festejar lo del casamiento... HOMBRE: Ya sé, ya sé. Por eso te marco de volada, para que no te agarre de sorpresa. MUJER: Es que yo sola con ellos... mi mamá me va a preguntar por qué no estás, y no sé ni qué decirle. HOMBRE: Oye, respira. No es para tanto. Diles la verdad: que el avión no despegó y punto. Tus papás no se van a enojar por algo que ni tú ni yo mandamos. MUJER: Mmm. ¿Y la cena? Dejé el mole a medias... HOMBRE: Pues que empiecen sin mí, yo llego al postre con suerte. Y mira, así tu mamá te ayuda a terminarlo, que a ella le encanta meter mano en la cocina. MUJER: En eso tienes razón... Bueno. Me calmo. Pero me avisas en cuanto aborden, ¿eh? HOMBRE: A la primera. Y Fer... tranquila, que un retraso no nos arruina nada. Apenas empezamos con esto, nos sobran las cenas. MUJER: Está bien. Oye, cuídate y no andes comprando chucherías en el aeropuerto. HOMBRE: Prometido. Un beso, ahí nos vemos al rato.

Ante el aviso de su esposo, la mujer en un principio se muestra…

Aindiferente.
Baliviada.
Cangustiada.answer
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CONVERSACIÓN 1 [en la rampa de embarque] BRUNO: Señora, por favor, tiene que avanzar, que atrás se le está juntando la fila y en diez minutos largamos. SILVANA: Ya sé, ya sé, pero no me arranca. Giro la llave y no hace nada, ni un ruido. Recién venía andando bárbaro. BRUNO: A ver, ponga el punto muerto y suelte el freno de mano. ¿Las luces le prenden? SILVANA: Sí, encienden fuerte. Mirá, el tablero está todo iluminado. BRUNO: Entonces no es la batería. Puede ser el burro de arranque. Pero no se haga mala sangre, esto me pasa dos o tres veces por semana acá en la rampa. SILVANA: ¿En serio? Pensé que me iban a dejar en tierra, y yo tengo que estar sí o sí a la tarde del otro lado. BRUNO: Quédese tranquila, que a nadie dejamos así. Entre dos la empujamos hasta aquella bahía y la sube igual, de arrastre. El barco no se va a mover sin usted. SILVANA: ¿Y si no vuelve a arrancar allá en Colonia? BRUNO: Para eso baja primero: con la pendiente de la rampa de salida agarra solita. Y si no, llama a la grúa del seguro, pero eso lo ve cuando desembarque, no ahora. SILVANA: Bueno, me quedo más tranquila. ¿Empujamos entonces? BRUNO: Dale, ponga primera apenas le diga. ¡Fede, vení a darme una mano con el auto! Usted maneje nomás, del empuje nos encargamos nosotros. SILVANA: Gracias, de verdad. Pensé que iba a ser un lío bárbaro.

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CONVERSACIÓN 1 [en la rampa de embarque] BRUNO: Señora, por favor, tiene que avanzar, que atrás se le está juntando la fila y en diez minutos largamos. SILVANA: Ya sé, ya sé, pero no me arranca. Giro la llave y no hace nada, ni un ruido. Recién venía andando bárbaro. BRUNO: A ver, ponga el punto muerto y suelte el freno de mano. ¿Las luces le prenden? SILVANA: Sí, encienden fuerte. Mirá, el tablero está todo iluminado. BRUNO: Entonces no es la batería. Puede ser el burro de arranque. Pero no se haga mala sangre, esto me pasa dos o tres veces por semana acá en la rampa. SILVANA: ¿En serio? Pensé que me iban a dejar en tierra, y yo tengo que estar sí o sí a la tarde del otro lado. BRUNO: Quédese tranquila, que a nadie dejamos así. Entre dos la empujamos hasta aquella bahía y la sube igual, de arrastre. El barco no se va a mover sin usted. SILVANA: ¿Y si no vuelve a arrancar allá en Colonia? BRUNO: Para eso baja primero: con la pendiente de la rampa de salida agarra solita. Y si no, llama a la grúa del seguro, pero eso lo ve cuando desembarque, no ahora. SILVANA: Bueno, me quedo más tranquila. ¿Empujamos entonces? BRUNO: Dale, ponga primera apenas le diga. ¡Fede, vení a darme una mano con el auto! Usted maneje nomás, del empuje nos encargamos nosotros. SILVANA: Gracias, de verdad. Pensé que iba a ser un lío bárbaro.

De la conversación se deduce que…

Ael desperfecto se debe a la batería del vehículo.
Bel embarque del automóvil no se perderá pese a la falla.answer
Cel ferry zarpará sin el automóvil.
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CONVERSACIÓN 1 [en la rampa de embarque] BRUNO: Señora, por favor, tiene que avanzar, que atrás se le está juntando la fila y en diez minutos largamos. SILVANA: Ya sé, ya sé, pero no me arranca. Giro la llave y no hace nada, ni un ruido. Recién venía andando bárbaro. BRUNO: A ver, ponga el punto muerto y suelte el freno de mano. ¿Las luces le prenden? SILVANA: Sí, encienden fuerte. Mirá, el tablero está todo iluminado. BRUNO: Entonces no es la batería. Puede ser el burro de arranque. Pero no se haga mala sangre, esto me pasa dos o tres veces por semana acá en la rampa. SILVANA: ¿En serio? Pensé que me iban a dejar en tierra, y yo tengo que estar sí o sí a la tarde del otro lado. BRUNO: Quédese tranquila, que a nadie dejamos así. Entre dos la empujamos hasta aquella bahía y la sube igual, de arrastre. El barco no se va a mover sin usted. SILVANA: ¿Y si no vuelve a arrancar allá en Colonia? BRUNO: Para eso baja primero: con la pendiente de la rampa de salida agarra solita. Y si no, llama a la grúa del seguro, pero eso lo ve cuando desembarque, no ahora. SILVANA: Bueno, me quedo más tranquila. ¿Empujamos entonces? BRUNO: Dale, ponga primera apenas le diga. ¡Fede, vení a darme una mano con el auto! Usted maneje nomás, del empuje nos encargamos nosotros. SILVANA: Gracias, de verdad. Pensé que iba a ser un lío bárbaro.

Frente a la falla del vehículo, Bruno se muestra…

Aimpaciente por la demora en la fila.
Binseguro sobre el origen del problema.
Cdispuesto a ayudarla pese al apuro.answer
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CONVERSACIÓN 2 [recorriendo el jardín] XAVIER: Bueno, Amalia, caminá despacio así te voy marcando. Mirá ese ligustro: hace años que nadie lo poda. AMALIA: Uf, ni me hables. La casa la heredé de una tía y el fondo quedó a la buena de Dios. Yo de plantas no entiendo nada. XAVIER: Se nota el abandono, pero no está todo perdido, al contrario. El cantero del fondo tiene buena tierra abajo de tanto yuyo. AMALIA: ¿En serio? Yo pensaba que había que arrancar todo y empezar de cero. XAVIER: Ni loco, sería tirar la plata. Lo que sí te voy a decir con franqueza: ese sauce de la esquina está seco por dentro. Con el primer temporal fuerte se te viene abajo. AMALIA: Ay, ese árbol lo plantó mi abuelo. Me da no sé qué sacarlo... XAVIER: Te entiendo, pero pensá en el techo de la galería. Si le cae encima, el gasto es otro. AMALIA: Mirándolo por el lado del techo... bueno. ¿Y el riego? Porque la manguera pierde por todos lados. XAVIER: Eso lo cambiamos por un sistema de goteo. Al principio sale un poco más, pero después gasta la mitad de agua. AMALIA: ¿Y en cuánto andaría todo, más o menos? No quiero sorpresas a fin de mes. XAVIER: Dejame que mida bien y la semana que viene te paso un presupuesto por escrito, sin compromiso. Arrancamos por la poda, que es lo más urgente, y el resto lo vamos viendo. AMALIA: Dale. Eso me deja más tranquila.

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CONVERSACIÓN 2 [recorriendo el jardín] XAVIER: Bueno, Amalia, caminá despacio así te voy marcando. Mirá ese ligustro: hace años que nadie lo poda. AMALIA: Uf, ni me hables. La casa la heredé de una tía y el fondo quedó a la buena de Dios. Yo de plantas no entiendo nada. XAVIER: Se nota el abandono, pero no está todo perdido, al contrario. El cantero del fondo tiene buena tierra abajo de tanto yuyo. AMALIA: ¿En serio? Yo pensaba que había que arrancar todo y empezar de cero. XAVIER: Ni loco, sería tirar la plata. Lo que sí te voy a decir con franqueza: ese sauce de la esquina está seco por dentro. Con el primer temporal fuerte se te viene abajo. AMALIA: Ay, ese árbol lo plantó mi abuelo. Me da no sé qué sacarlo... XAVIER: Te entiendo, pero pensá en el techo de la galería. Si le cae encima, el gasto es otro. AMALIA: Mirándolo por el lado del techo... bueno. ¿Y el riego? Porque la manguera pierde por todos lados. XAVIER: Eso lo cambiamos por un sistema de goteo. Al principio sale un poco más, pero después gasta la mitad de agua. AMALIA: ¿Y en cuánto andaría todo, más o menos? No quiero sorpresas a fin de mes. XAVIER: Dejame que mida bien y la semana que viene te paso un presupuesto por escrito, sin compromiso. Arrancamos por la poda, que es lo más urgente, y el resto lo vamos viendo. AMALIA: Dale. Eso me deja más tranquila.

Según le explica Xavier, el jardín…

Aestá demasiado dañado para cualquier arreglo.
Bpuede recuperarse sin necesidad de rehacerlo entero.answer
Crequiere reemplazar por completo la tierra del fondo.
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CONVERSACIÓN 2 [recorriendo el jardín] XAVIER: Bueno, Amalia, caminá despacio así te voy marcando. Mirá ese ligustro: hace años que nadie lo poda. AMALIA: Uf, ni me hables. La casa la heredé de una tía y el fondo quedó a la buena de Dios. Yo de plantas no entiendo nada. XAVIER: Se nota el abandono, pero no está todo perdido, al contrario. El cantero del fondo tiene buena tierra abajo de tanto yuyo. AMALIA: ¿En serio? Yo pensaba que había que arrancar todo y empezar de cero. XAVIER: Ni loco, sería tirar la plata. Lo que sí te voy a decir con franqueza: ese sauce de la esquina está seco por dentro. Con el primer temporal fuerte se te viene abajo. AMALIA: Ay, ese árbol lo plantó mi abuelo. Me da no sé qué sacarlo... XAVIER: Te entiendo, pero pensá en el techo de la galería. Si le cae encima, el gasto es otro. AMALIA: Mirándolo por el lado del techo... bueno. ¿Y el riego? Porque la manguera pierde por todos lados. XAVIER: Eso lo cambiamos por un sistema de goteo. Al principio sale un poco más, pero después gasta la mitad de agua. AMALIA: ¿Y en cuánto andaría todo, más o menos? No quiero sorpresas a fin de mes. XAVIER: Dejame que mida bien y la semana que viene te paso un presupuesto por escrito, sin compromiso. Arrancamos por la poda, que es lo más urgente, y el resto lo vamos viendo. AMALIA: Dale. Eso me deja más tranquila.

Cuando Xavier propone quitar el sauce, Amalia reacciona…

Acon apego sentimental.answer
Bcon total indiferencia.
Ccon ganas de talar el árbol cuanto antes.
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CONVERSACIÓN 3 [saliendo del teatro] NOEMÍ: Qué papelón, Román. En la tercera canción entramos todos descoordinados, parecíamos cualquier cosa. ROMÁN: No te fundas, che. Fue una sola entrada. El resto estuvo más que bien. NOEMÍ: ¿Bien? El director nos miraba con una cara... Yo me quería meter abajo del escenario. ROMÁN: A ver, bajá un cambio... tranquila. El problema fue que ensayamos poquísimo esta semana. Con los parciales encima, media facultad faltó a los ensayos. NOEMÍ: En eso tenés razón. Yo misma falté dos veces por el examen de Fonética. ROMÁN: ¿Viste? No es que cantemos mal, es que no nos juntamos lo suficiente. Y el jueves que faltó Pilar, que es la que nos marca el tiempo, se notó un montón. NOEMÍ: Igual me quedó la espina. Vinieron las familias, grabaron todo... y justo esa canción. ROMÁN: Mirá, nadie del público lo notó tanto como vos. Para ellos fue un lindo concierto de estudiantes. NOEMÍ: Vos lo decís para consolarme. ROMÁN: No, en serio. Pero si querés que no se repita, propongamos algo en la próxima reunión: que los ensayos no caigan en semana de parciales. NOEMÍ: Eso sí lo firmo. Y que el director nos avise con tiempo cuándo son los conciertos, no a último momento. ROMÁN: De acuerdo. Mañana le mandamos un mensaje a la delegada del coro y lo planteamos entre todos. NOEMÍ: Bueno, dale. Igual hoy me voy a casa con un bajón bárbaro. ROMÁN: Un helado de camino y se te pasa. Te invito.

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CONVERSACIÓN 3 [saliendo del teatro] NOEMÍ: Qué papelón, Román. En la tercera canción entramos todos descoordinados, parecíamos cualquier cosa. ROMÁN: No te fundas, che. Fue una sola entrada. El resto estuvo más que bien. NOEMÍ: ¿Bien? El director nos miraba con una cara... Yo me quería meter abajo del escenario. ROMÁN: A ver, bajá un cambio... tranquila. El problema fue que ensayamos poquísimo esta semana. Con los parciales encima, media facultad faltó a los ensayos. NOEMÍ: En eso tenés razón. Yo misma falté dos veces por el examen de Fonética. ROMÁN: ¿Viste? No es que cantemos mal, es que no nos juntamos lo suficiente. Y el jueves que faltó Pilar, que es la que nos marca el tiempo, se notó un montón. NOEMÍ: Igual me quedó la espina. Vinieron las familias, grabaron todo... y justo esa canción. ROMÁN: Mirá, nadie del público lo notó tanto como vos. Para ellos fue un lindo concierto de estudiantes. NOEMÍ: Vos lo decís para consolarme. ROMÁN: No, en serio. Pero si querés que no se repita, propongamos algo en la próxima reunión: que los ensayos no caigan en semana de parciales. NOEMÍ: Eso sí lo firmo. Y que el director nos avise con tiempo cuándo son los conciertos, no a último momento. ROMÁN: De acuerdo. Mañana le mandamos un mensaje a la delegada del coro y lo planteamos entre todos. NOEMÍ: Bueno, dale. Igual hoy me voy a casa con un bajón bárbaro. ROMÁN: Un helado de camino y se te pasa. Te invito.

De la conversación se deduce que el mal resultado del concierto…

Apasó inadvertido para todos los cantantes.
Bse debió a la ausencia del director del coro.
Cse originó en la escasez de ensayos previos.answer
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CONVERSACIÓN 3 [saliendo del teatro] NOEMÍ: Qué papelón, Román. En la tercera canción entramos todos descoordinados, parecíamos cualquier cosa. ROMÁN: No te fundas, che. Fue una sola entrada. El resto estuvo más que bien. NOEMÍ: ¿Bien? El director nos miraba con una cara... Yo me quería meter abajo del escenario. ROMÁN: A ver, bajá un cambio... tranquila. El problema fue que ensayamos poquísimo esta semana. Con los parciales encima, media facultad faltó a los ensayos. NOEMÍ: En eso tenés razón. Yo misma falté dos veces por el examen de Fonética. ROMÁN: ¿Viste? No es que cantemos mal, es que no nos juntamos lo suficiente. Y el jueves que faltó Pilar, que es la que nos marca el tiempo, se notó un montón. NOEMÍ: Igual me quedó la espina. Vinieron las familias, grabaron todo... y justo esa canción. ROMÁN: Mirá, nadie del público lo notó tanto como vos. Para ellos fue un lindo concierto de estudiantes. NOEMÍ: Vos lo decís para consolarme. ROMÁN: No, en serio. Pero si querés que no se repita, propongamos algo en la próxima reunión: que los ensayos no caigan en semana de parciales. NOEMÍ: Eso sí lo firmo. Y que el director nos avise con tiempo cuándo son los conciertos, no a último momento. ROMÁN: De acuerdo. Mañana le mandamos un mensaje a la delegada del coro y lo planteamos entre todos. NOEMÍ: Bueno, dale. Igual hoy me voy a casa con un bajón bárbaro. ROMÁN: Un helado de camino y se te pasa. Te invito.

Frente al concierto, Noemí expresa…

Avergüenza.answer
Bsatisfacción.
Cindiferencia.

Tarea 3

An interview extract heard twice, then six questions (15 to 20) with a, b or c.

An extract from an interview, played twice, and questions numbered 15 to 20 with options a, b and c. The instruction allows one minute to read the options first.

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A continuación, escuchará un fragmento de una entrevista a Berta Domínguez, maquinista de tren nocturno y formadora en una escuela de personal ferroviario. ENTREVISTADOR: Berta, hace tres semanas condujiste el último tren nocturno de la línea que unía el interior con la costa. Cuarenta años de servicio y, de pronto, se apaga. ¿Cómo se conduce sabiendo que detrás de ti no vendrá nadie más? ENTREVISTADA: Pues mira, con un nudo aquí, en la garganta, todo el trayecto. Yo había hecho ese recorrido cientos de veces, de madrugada, con las estaciones vacías y algún viajero medio dormido en el andén. Aquella noche, sin embargo, había gente esperándome en cada parada solo para despedir el tren. Aplausos, móviles grabando, una señora que me trajo un termo de café... Y yo pensando: «Esto no lo cuenta luego nadie en un informe». Cerraron la línea porque decían que no era rentable, que había pocos pasajeros. Y puede que los números les dieran la razón, no lo discuto. Pero un tren nocturno no se mide solo en billetes vendidos. Se mide en la gente que no tiene coche, en el que sale del hospital a las tres de la mañana, en el estudiante que vuelve a casa el fin de semana. Todo eso no cabe en una hoja de cálculo. ENTREVISTADOR: Ahora te dedicas a formar a los que empiezan. Y en tus clases insistes mucho en una idea que suena rara viniendo de una maquinista: el derecho a desconectar. Explícanos. ENTREVISTADA: Sí, y lo defiendo con uñas y dientes. Mira, a los chavales que entran ahora les repito una cosa hasta cansarme: cuando acabéis el turno, apagad el móvil. Del todo. Que no os localicen, que no os llamen para cubrir un hueco, que no miréis el cuadrante desde el sofá. Un maquinista agotado, que arrastra el cansancio de tres guardias seguidas, es un peligro para doscientas personas que van dormidas detrás. La desconexión no es un capricho ni una moda de oficina. En nuestro oficio, descansar de verdad es parte de la seguridad. Yo les digo: vuestro tiempo libre es sagrado, defendedlo como defenderíais la señal roja. Nadie tiene derecho a robaros la cabeza cuando ya habéis fichado la salida. ENTREVISTADOR: Suena impecable. Pero cuéntame de la escuela. ¿Qué hacéis exactamente? ENTREVISTADA: Es un centro de formación pequeño, dependemos de la universidad politécnica, y damos el curso a quienes quieren sacarse el título de maquinista. Mezclamos las horas de simulador con clases de reglamento, de primeros auxilios, de gestión del estrés. Yo llevo la parte práctica y también unos seminarios sobre las condiciones del oficio: los turnos, los descansos, la ley. Y hacemos divulgación, damos charlas en institutos, porque hay que explicarle a la gente joven que esto no es solo apretar un botón. Formamos a personas que trabajan de noche, solas, con una responsabilidad enorme. Si no les enseñas también a cuidarse, les estás preparando a medias. ENTREVISTADOR: ¿Y desde dónde trabajáis? ¿Por qué zona os movéis? ENTREVISTADA: La escuela está en una ciudad del interior, pero los alumnos vienen de toda la comunidad, y las prácticas las hacemos en las líneas que aún quedan abiertas, sobre todo las de cercanías y algún tramo de mercancías. Antes teníamos también la nocturna para las prácticas de conducción a oscuras, que es otro mundo. Ahora, con el cierre, nos toca buscar alternativas y andamos un poco de cabeza. ENTREVISTADOR: Berta, permíteme una objeción. Nos has dicho que hay que apagar el móvil y no dejar que te localicen. Pero me consta que tú, durante años, dormías con el teléfono encendido en la mesilla y que respondías siempre que te llamaban de la central. ¿No es un poco contradictorio predicar una cosa y haber hecho justo la contraria? ENTREVISTADA: Tienes toda la razón, y te lo reconozco sin rodeos. Es verdad: yo nunca apagué ese móvil. Dormía con un ojo abierto, y si sonaba a las cuatro de la mañana para cubrir a un compañero enfermo, me levantaba y tiraba para la estación. Lo hice mil veces. Pero fíjate, precisamente por eso hablo como hablo. Yo no pude desconectar porque no me dejaron, porque el sistema estaba montado para que siempre hubiera alguien dispuesto a sacrificar su noche. Si yo no cogía el teléfono, el tren no salía y quedaban tirados cien viajeros. Así que la responsabilidad recaía entera sobre mi conciencia. Y eso está mal. ENTREVISTADOR: Entonces, ¿en qué quedamos? ENTREVISTADA: En que la desconexión no puede depender de la buena voluntad de cada uno. Ahí está la clave de todo lo que enseño. No sirve de nada decirle a un chaval «apaga el móvil» si luego la empresa lo deja sin plantilla suficiente y lo hace sentir culpable por no responder. Eso no es descansar, es esconderse. El derecho a desconectar tiene que estar escrito, con turnos que se respeten, con relevos de sobra, con una central que no te llame a tu casa como si fuera lo más normal del mundo. Yo aguanté a base de voluntad porque no había otra, y me dejé la salud en ello. A los que vienen detrás quiero ahorrarles eso. Que no tengan que elegir, como elegí yo, entre su descanso y su sentido del deber.

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A continuación, escuchará un fragmento de una entrevista a Berta Domínguez, maquinista de tren nocturno y formadora en una escuela de personal ferroviario. ENTREVISTADOR: Berta, hace tres semanas condujiste el último tren nocturno de la línea que unía el interior con la costa. Cuarenta años de servicio y, de pronto, se apaga. ¿Cómo se conduce sabiendo que detrás de ti no vendrá nadie más? ENTREVISTADA: Pues mira, con un nudo aquí, en la garganta, todo el trayecto. Yo había hecho ese recorrido cientos de veces, de madrugada, con las estaciones vacías y algún viajero medio dormido en el andén. Aquella noche, sin embargo, había gente esperándome en cada parada solo para despedir el tren. Aplausos, móviles grabando, una señora que me trajo un termo de café... Y yo pensando: «Esto no lo cuenta luego nadie en un informe». Cerraron la línea porque decían que no era rentable, que había pocos pasajeros. Y puede que los números les dieran la razón, no lo discuto. Pero un tren nocturno no se mide solo en billetes vendidos. Se mide en la gente que no tiene coche, en el que sale del hospital a las tres de la mañana, en el estudiante que vuelve a casa el fin de semana. Todo eso no cabe en una hoja de cálculo. ENTREVISTADOR: Ahora te dedicas a formar a los que empiezan. Y en tus clases insistes mucho en una idea que suena rara viniendo de una maquinista: el derecho a desconectar. Explícanos. ENTREVISTADA: Sí, y lo defiendo con uñas y dientes. Mira, a los chavales que entran ahora les repito una cosa hasta cansarme: cuando acabéis el turno, apagad el móvil. Del todo. Que no os localicen, que no os llamen para cubrir un hueco, que no miréis el cuadrante desde el sofá. Un maquinista agotado, que arrastra el cansancio de tres guardias seguidas, es un peligro para doscientas personas que van dormidas detrás. La desconexión no es un capricho ni una moda de oficina. En nuestro oficio, descansar de verdad es parte de la seguridad. Yo les digo: vuestro tiempo libre es sagrado, defendedlo como defenderíais la señal roja. Nadie tiene derecho a robaros la cabeza cuando ya habéis fichado la salida. ENTREVISTADOR: Suena impecable. Pero cuéntame de la escuela. ¿Qué hacéis exactamente? ENTREVISTADA: Es un centro de formación pequeño, dependemos de la universidad politécnica, y damos el curso a quienes quieren sacarse el título de maquinista. Mezclamos las horas de simulador con clases de reglamento, de primeros auxilios, de gestión del estrés. Yo llevo la parte práctica y también unos seminarios sobre las condiciones del oficio: los turnos, los descansos, la ley. Y hacemos divulgación, damos charlas en institutos, porque hay que explicarle a la gente joven que esto no es solo apretar un botón. Formamos a personas que trabajan de noche, solas, con una responsabilidad enorme. Si no les enseñas también a cuidarse, les estás preparando a medias. ENTREVISTADOR: ¿Y desde dónde trabajáis? ¿Por qué zona os movéis? ENTREVISTADA: La escuela está en una ciudad del interior, pero los alumnos vienen de toda la comunidad, y las prácticas las hacemos en las líneas que aún quedan abiertas, sobre todo las de cercanías y algún tramo de mercancías. Antes teníamos también la nocturna para las prácticas de conducción a oscuras, que es otro mundo. Ahora, con el cierre, nos toca buscar alternativas y andamos un poco de cabeza. ENTREVISTADOR: Berta, permíteme una objeción. Nos has dicho que hay que apagar el móvil y no dejar que te localicen. Pero me consta que tú, durante años, dormías con el teléfono encendido en la mesilla y que respondías siempre que te llamaban de la central. ¿No es un poco contradictorio predicar una cosa y haber hecho justo la contraria? ENTREVISTADA: Tienes toda la razón, y te lo reconozco sin rodeos. Es verdad: yo nunca apagué ese móvil. Dormía con un ojo abierto, y si sonaba a las cuatro de la mañana para cubrir a un compañero enfermo, me levantaba y tiraba para la estación. Lo hice mil veces. Pero fíjate, precisamente por eso hablo como hablo. Yo no pude desconectar porque no me dejaron, porque el sistema estaba montado para que siempre hubiera alguien dispuesto a sacrificar su noche. Si yo no cogía el teléfono, el tren no salía y quedaban tirados cien viajeros. Así que la responsabilidad recaía entera sobre mi conciencia. Y eso está mal. ENTREVISTADOR: Entonces, ¿en qué quedamos? ENTREVISTADA: En que la desconexión no puede depender de la buena voluntad de cada uno. Ahí está la clave de todo lo que enseño. No sirve de nada decirle a un chaval «apaga el móvil» si luego la empresa lo deja sin plantilla suficiente y lo hace sentir culpable por no responder. Eso no es descansar, es esconderse. El derecho a desconectar tiene que estar escrito, con turnos que se respeten, con relevos de sobra, con una central que no te llame a tu casa como si fuera lo más normal del mundo. Yo aguanté a base de voluntad porque no había otra, y me dejé la salud en ello. A los que vienen detrás quiero ahorrarles eso. Que no tengan que elegir, como elegí yo, entre su descanso y su sentido del deber.

Según el texto, para Berta el cierre de la línea nocturna…

Aignora un valor social que los números no reflejan.answer
Bobedece a la falta de viajeros durante la madrugada.
Cse debió a un error en el recuento de los pasajeros.
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A continuación, escuchará un fragmento de una entrevista a Berta Domínguez, maquinista de tren nocturno y formadora en una escuela de personal ferroviario. ENTREVISTADOR: Berta, hace tres semanas condujiste el último tren nocturno de la línea que unía el interior con la costa. Cuarenta años de servicio y, de pronto, se apaga. ¿Cómo se conduce sabiendo que detrás de ti no vendrá nadie más? ENTREVISTADA: Pues mira, con un nudo aquí, en la garganta, todo el trayecto. Yo había hecho ese recorrido cientos de veces, de madrugada, con las estaciones vacías y algún viajero medio dormido en el andén. Aquella noche, sin embargo, había gente esperándome en cada parada solo para despedir el tren. Aplausos, móviles grabando, una señora que me trajo un termo de café... Y yo pensando: «Esto no lo cuenta luego nadie en un informe». Cerraron la línea porque decían que no era rentable, que había pocos pasajeros. Y puede que los números les dieran la razón, no lo discuto. Pero un tren nocturno no se mide solo en billetes vendidos. Se mide en la gente que no tiene coche, en el que sale del hospital a las tres de la mañana, en el estudiante que vuelve a casa el fin de semana. Todo eso no cabe en una hoja de cálculo. ENTREVISTADOR: Ahora te dedicas a formar a los que empiezan. Y en tus clases insistes mucho en una idea que suena rara viniendo de una maquinista: el derecho a desconectar. Explícanos. ENTREVISTADA: Sí, y lo defiendo con uñas y dientes. Mira, a los chavales que entran ahora les repito una cosa hasta cansarme: cuando acabéis el turno, apagad el móvil. Del todo. Que no os localicen, que no os llamen para cubrir un hueco, que no miréis el cuadrante desde el sofá. Un maquinista agotado, que arrastra el cansancio de tres guardias seguidas, es un peligro para doscientas personas que van dormidas detrás. La desconexión no es un capricho ni una moda de oficina. En nuestro oficio, descansar de verdad es parte de la seguridad. Yo les digo: vuestro tiempo libre es sagrado, defendedlo como defenderíais la señal roja. Nadie tiene derecho a robaros la cabeza cuando ya habéis fichado la salida. ENTREVISTADOR: Suena impecable. Pero cuéntame de la escuela. ¿Qué hacéis exactamente? ENTREVISTADA: Es un centro de formación pequeño, dependemos de la universidad politécnica, y damos el curso a quienes quieren sacarse el título de maquinista. Mezclamos las horas de simulador con clases de reglamento, de primeros auxilios, de gestión del estrés. Yo llevo la parte práctica y también unos seminarios sobre las condiciones del oficio: los turnos, los descansos, la ley. Y hacemos divulgación, damos charlas en institutos, porque hay que explicarle a la gente joven que esto no es solo apretar un botón. Formamos a personas que trabajan de noche, solas, con una responsabilidad enorme. Si no les enseñas también a cuidarse, les estás preparando a medias. ENTREVISTADOR: ¿Y desde dónde trabajáis? ¿Por qué zona os movéis? ENTREVISTADA: La escuela está en una ciudad del interior, pero los alumnos vienen de toda la comunidad, y las prácticas las hacemos en las líneas que aún quedan abiertas, sobre todo las de cercanías y algún tramo de mercancías. Antes teníamos también la nocturna para las prácticas de conducción a oscuras, que es otro mundo. Ahora, con el cierre, nos toca buscar alternativas y andamos un poco de cabeza. ENTREVISTADOR: Berta, permíteme una objeción. Nos has dicho que hay que apagar el móvil y no dejar que te localicen. Pero me consta que tú, durante años, dormías con el teléfono encendido en la mesilla y que respondías siempre que te llamaban de la central. ¿No es un poco contradictorio predicar una cosa y haber hecho justo la contraria? ENTREVISTADA: Tienes toda la razón, y te lo reconozco sin rodeos. Es verdad: yo nunca apagué ese móvil. Dormía con un ojo abierto, y si sonaba a las cuatro de la mañana para cubrir a un compañero enfermo, me levantaba y tiraba para la estación. Lo hice mil veces. Pero fíjate, precisamente por eso hablo como hablo. Yo no pude desconectar porque no me dejaron, porque el sistema estaba montado para que siempre hubiera alguien dispuesto a sacrificar su noche. Si yo no cogía el teléfono, el tren no salía y quedaban tirados cien viajeros. Así que la responsabilidad recaía entera sobre mi conciencia. Y eso está mal. ENTREVISTADOR: Entonces, ¿en qué quedamos? ENTREVISTADA: En que la desconexión no puede depender de la buena voluntad de cada uno. Ahí está la clave de todo lo que enseño. No sirve de nada decirle a un chaval «apaga el móvil» si luego la empresa lo deja sin plantilla suficiente y lo hace sentir culpable por no responder. Eso no es descansar, es esconderse. El derecho a desconectar tiene que estar escrito, con turnos que se respeten, con relevos de sobra, con una central que no te llame a tu casa como si fuera lo más normal del mundo. Yo aguanté a base de voluntad porque no había otra, y me dejé la salud en ello. A los que vienen detrás quiero ahorrarles eso. Que no tengan que elegir, como elegí yo, entre su descanso y su sentido del deber.

En la entrevista se afirma que, para un maquinista, descansar de verdad…

Arepresenta un elemento esencial de la seguridad.answer
Bes una exigencia propia del trabajo de oficina.
Cconstituye un capricho pasajero sin mayor importancia.
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A continuación, escuchará un fragmento de una entrevista a Berta Domínguez, maquinista de tren nocturno y formadora en una escuela de personal ferroviario. ENTREVISTADOR: Berta, hace tres semanas condujiste el último tren nocturno de la línea que unía el interior con la costa. Cuarenta años de servicio y, de pronto, se apaga. ¿Cómo se conduce sabiendo que detrás de ti no vendrá nadie más? ENTREVISTADA: Pues mira, con un nudo aquí, en la garganta, todo el trayecto. Yo había hecho ese recorrido cientos de veces, de madrugada, con las estaciones vacías y algún viajero medio dormido en el andén. Aquella noche, sin embargo, había gente esperándome en cada parada solo para despedir el tren. Aplausos, móviles grabando, una señora que me trajo un termo de café... Y yo pensando: «Esto no lo cuenta luego nadie en un informe». Cerraron la línea porque decían que no era rentable, que había pocos pasajeros. Y puede que los números les dieran la razón, no lo discuto. Pero un tren nocturno no se mide solo en billetes vendidos. Se mide en la gente que no tiene coche, en el que sale del hospital a las tres de la mañana, en el estudiante que vuelve a casa el fin de semana. Todo eso no cabe en una hoja de cálculo. ENTREVISTADOR: Ahora te dedicas a formar a los que empiezan. Y en tus clases insistes mucho en una idea que suena rara viniendo de una maquinista: el derecho a desconectar. Explícanos. ENTREVISTADA: Sí, y lo defiendo con uñas y dientes. Mira, a los chavales que entran ahora les repito una cosa hasta cansarme: cuando acabéis el turno, apagad el móvil. Del todo. Que no os localicen, que no os llamen para cubrir un hueco, que no miréis el cuadrante desde el sofá. Un maquinista agotado, que arrastra el cansancio de tres guardias seguidas, es un peligro para doscientas personas que van dormidas detrás. La desconexión no es un capricho ni una moda de oficina. En nuestro oficio, descansar de verdad es parte de la seguridad. Yo les digo: vuestro tiempo libre es sagrado, defendedlo como defenderíais la señal roja. Nadie tiene derecho a robaros la cabeza cuando ya habéis fichado la salida. ENTREVISTADOR: Suena impecable. Pero cuéntame de la escuela. ¿Qué hacéis exactamente? ENTREVISTADA: Es un centro de formación pequeño, dependemos de la universidad politécnica, y damos el curso a quienes quieren sacarse el título de maquinista. Mezclamos las horas de simulador con clases de reglamento, de primeros auxilios, de gestión del estrés. Yo llevo la parte práctica y también unos seminarios sobre las condiciones del oficio: los turnos, los descansos, la ley. Y hacemos divulgación, damos charlas en institutos, porque hay que explicarle a la gente joven que esto no es solo apretar un botón. Formamos a personas que trabajan de noche, solas, con una responsabilidad enorme. Si no les enseñas también a cuidarse, les estás preparando a medias. ENTREVISTADOR: ¿Y desde dónde trabajáis? ¿Por qué zona os movéis? ENTREVISTADA: La escuela está en una ciudad del interior, pero los alumnos vienen de toda la comunidad, y las prácticas las hacemos en las líneas que aún quedan abiertas, sobre todo las de cercanías y algún tramo de mercancías. Antes teníamos también la nocturna para las prácticas de conducción a oscuras, que es otro mundo. Ahora, con el cierre, nos toca buscar alternativas y andamos un poco de cabeza. ENTREVISTADOR: Berta, permíteme una objeción. Nos has dicho que hay que apagar el móvil y no dejar que te localicen. Pero me consta que tú, durante años, dormías con el teléfono encendido en la mesilla y que respondías siempre que te llamaban de la central. ¿No es un poco contradictorio predicar una cosa y haber hecho justo la contraria? ENTREVISTADA: Tienes toda la razón, y te lo reconozco sin rodeos. Es verdad: yo nunca apagué ese móvil. Dormía con un ojo abierto, y si sonaba a las cuatro de la mañana para cubrir a un compañero enfermo, me levantaba y tiraba para la estación. Lo hice mil veces. Pero fíjate, precisamente por eso hablo como hablo. Yo no pude desconectar porque no me dejaron, porque el sistema estaba montado para que siempre hubiera alguien dispuesto a sacrificar su noche. Si yo no cogía el teléfono, el tren no salía y quedaban tirados cien viajeros. Así que la responsabilidad recaía entera sobre mi conciencia. Y eso está mal. ENTREVISTADOR: Entonces, ¿en qué quedamos? ENTREVISTADA: En que la desconexión no puede depender de la buena voluntad de cada uno. Ahí está la clave de todo lo que enseño. No sirve de nada decirle a un chaval «apaga el móvil» si luego la empresa lo deja sin plantilla suficiente y lo hace sentir culpable por no responder. Eso no es descansar, es esconderse. El derecho a desconectar tiene que estar escrito, con turnos que se respeten, con relevos de sobra, con una central que no te llame a tu casa como si fuera lo más normal del mundo. Yo aguanté a base de voluntad porque no había otra, y me dejé la salud en ello. A los que vienen detrás quiero ahorrarles eso. Que no tengan que elegir, como elegí yo, entre su descanso y su sentido del deber.

Sobre la escuela donde imparte clases, en la entrevista se explica que…

Asustituye por completo las horas de simulador por clases teóricas.
Balterna la práctica con la formación en el autocuidado.answer
Cdepende de una empresa privada del sector ferroviario.
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A continuación, escuchará un fragmento de una entrevista a Berta Domínguez, maquinista de tren nocturno y formadora en una escuela de personal ferroviario. ENTREVISTADOR: Berta, hace tres semanas condujiste el último tren nocturno de la línea que unía el interior con la costa. Cuarenta años de servicio y, de pronto, se apaga. ¿Cómo se conduce sabiendo que detrás de ti no vendrá nadie más? ENTREVISTADA: Pues mira, con un nudo aquí, en la garganta, todo el trayecto. Yo había hecho ese recorrido cientos de veces, de madrugada, con las estaciones vacías y algún viajero medio dormido en el andén. Aquella noche, sin embargo, había gente esperándome en cada parada solo para despedir el tren. Aplausos, móviles grabando, una señora que me trajo un termo de café... Y yo pensando: «Esto no lo cuenta luego nadie en un informe». Cerraron la línea porque decían que no era rentable, que había pocos pasajeros. Y puede que los números les dieran la razón, no lo discuto. Pero un tren nocturno no se mide solo en billetes vendidos. Se mide en la gente que no tiene coche, en el que sale del hospital a las tres de la mañana, en el estudiante que vuelve a casa el fin de semana. Todo eso no cabe en una hoja de cálculo. ENTREVISTADOR: Ahora te dedicas a formar a los que empiezan. Y en tus clases insistes mucho en una idea que suena rara viniendo de una maquinista: el derecho a desconectar. Explícanos. ENTREVISTADA: Sí, y lo defiendo con uñas y dientes. Mira, a los chavales que entran ahora les repito una cosa hasta cansarme: cuando acabéis el turno, apagad el móvil. Del todo. Que no os localicen, que no os llamen para cubrir un hueco, que no miréis el cuadrante desde el sofá. Un maquinista agotado, que arrastra el cansancio de tres guardias seguidas, es un peligro para doscientas personas que van dormidas detrás. La desconexión no es un capricho ni una moda de oficina. En nuestro oficio, descansar de verdad es parte de la seguridad. Yo les digo: vuestro tiempo libre es sagrado, defendedlo como defenderíais la señal roja. Nadie tiene derecho a robaros la cabeza cuando ya habéis fichado la salida. ENTREVISTADOR: Suena impecable. Pero cuéntame de la escuela. ¿Qué hacéis exactamente? ENTREVISTADA: Es un centro de formación pequeño, dependemos de la universidad politécnica, y damos el curso a quienes quieren sacarse el título de maquinista. Mezclamos las horas de simulador con clases de reglamento, de primeros auxilios, de gestión del estrés. Yo llevo la parte práctica y también unos seminarios sobre las condiciones del oficio: los turnos, los descansos, la ley. Y hacemos divulgación, damos charlas en institutos, porque hay que explicarle a la gente joven que esto no es solo apretar un botón. Formamos a personas que trabajan de noche, solas, con una responsabilidad enorme. Si no les enseñas también a cuidarse, les estás preparando a medias. ENTREVISTADOR: ¿Y desde dónde trabajáis? ¿Por qué zona os movéis? ENTREVISTADA: La escuela está en una ciudad del interior, pero los alumnos vienen de toda la comunidad, y las prácticas las hacemos en las líneas que aún quedan abiertas, sobre todo las de cercanías y algún tramo de mercancías. Antes teníamos también la nocturna para las prácticas de conducción a oscuras, que es otro mundo. Ahora, con el cierre, nos toca buscar alternativas y andamos un poco de cabeza. ENTREVISTADOR: Berta, permíteme una objeción. Nos has dicho que hay que apagar el móvil y no dejar que te localicen. Pero me consta que tú, durante años, dormías con el teléfono encendido en la mesilla y que respondías siempre que te llamaban de la central. ¿No es un poco contradictorio predicar una cosa y haber hecho justo la contraria? ENTREVISTADA: Tienes toda la razón, y te lo reconozco sin rodeos. Es verdad: yo nunca apagué ese móvil. Dormía con un ojo abierto, y si sonaba a las cuatro de la mañana para cubrir a un compañero enfermo, me levantaba y tiraba para la estación. Lo hice mil veces. Pero fíjate, precisamente por eso hablo como hablo. Yo no pude desconectar porque no me dejaron, porque el sistema estaba montado para que siempre hubiera alguien dispuesto a sacrificar su noche. Si yo no cogía el teléfono, el tren no salía y quedaban tirados cien viajeros. Así que la responsabilidad recaía entera sobre mi conciencia. Y eso está mal. ENTREVISTADOR: Entonces, ¿en qué quedamos? ENTREVISTADA: En que la desconexión no puede depender de la buena voluntad de cada uno. Ahí está la clave de todo lo que enseño. No sirve de nada decirle a un chaval «apaga el móvil» si luego la empresa lo deja sin plantilla suficiente y lo hace sentir culpable por no responder. Eso no es descansar, es esconderse. El derecho a desconectar tiene que estar escrito, con turnos que se respeten, con relevos de sobra, con una central que no te llame a tu casa como si fuera lo más normal del mundo. Yo aguanté a base de voluntad porque no había otra, y me dejé la salud en ello. A los que vienen detrás quiero ahorrarles eso. Que no tengan que elegir, como elegí yo, entre su descanso y su sentido del deber.

De la conversación se deduce que las prácticas de conducción…

Ahan quedado condicionadas por la clausura de la línea.answer
Bse realizan sobre todo en trenes de mercancías.
Cse concentran en la ciudad donde se ubica la escuela.
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A continuación, escuchará un fragmento de una entrevista a Berta Domínguez, maquinista de tren nocturno y formadora en una escuela de personal ferroviario. ENTREVISTADOR: Berta, hace tres semanas condujiste el último tren nocturno de la línea que unía el interior con la costa. Cuarenta años de servicio y, de pronto, se apaga. ¿Cómo se conduce sabiendo que detrás de ti no vendrá nadie más? ENTREVISTADA: Pues mira, con un nudo aquí, en la garganta, todo el trayecto. Yo había hecho ese recorrido cientos de veces, de madrugada, con las estaciones vacías y algún viajero medio dormido en el andén. Aquella noche, sin embargo, había gente esperándome en cada parada solo para despedir el tren. Aplausos, móviles grabando, una señora que me trajo un termo de café... Y yo pensando: «Esto no lo cuenta luego nadie en un informe». Cerraron la línea porque decían que no era rentable, que había pocos pasajeros. Y puede que los números les dieran la razón, no lo discuto. Pero un tren nocturno no se mide solo en billetes vendidos. Se mide en la gente que no tiene coche, en el que sale del hospital a las tres de la mañana, en el estudiante que vuelve a casa el fin de semana. Todo eso no cabe en una hoja de cálculo. ENTREVISTADOR: Ahora te dedicas a formar a los que empiezan. Y en tus clases insistes mucho en una idea que suena rara viniendo de una maquinista: el derecho a desconectar. Explícanos. ENTREVISTADA: Sí, y lo defiendo con uñas y dientes. Mira, a los chavales que entran ahora les repito una cosa hasta cansarme: cuando acabéis el turno, apagad el móvil. Del todo. Que no os localicen, que no os llamen para cubrir un hueco, que no miréis el cuadrante desde el sofá. Un maquinista agotado, que arrastra el cansancio de tres guardias seguidas, es un peligro para doscientas personas que van dormidas detrás. La desconexión no es un capricho ni una moda de oficina. En nuestro oficio, descansar de verdad es parte de la seguridad. Yo les digo: vuestro tiempo libre es sagrado, defendedlo como defenderíais la señal roja. Nadie tiene derecho a robaros la cabeza cuando ya habéis fichado la salida. ENTREVISTADOR: Suena impecable. Pero cuéntame de la escuela. ¿Qué hacéis exactamente? ENTREVISTADA: Es un centro de formación pequeño, dependemos de la universidad politécnica, y damos el curso a quienes quieren sacarse el título de maquinista. Mezclamos las horas de simulador con clases de reglamento, de primeros auxilios, de gestión del estrés. Yo llevo la parte práctica y también unos seminarios sobre las condiciones del oficio: los turnos, los descansos, la ley. Y hacemos divulgación, damos charlas en institutos, porque hay que explicarle a la gente joven que esto no es solo apretar un botón. Formamos a personas que trabajan de noche, solas, con una responsabilidad enorme. Si no les enseñas también a cuidarse, les estás preparando a medias. ENTREVISTADOR: ¿Y desde dónde trabajáis? ¿Por qué zona os movéis? ENTREVISTADA: La escuela está en una ciudad del interior, pero los alumnos vienen de toda la comunidad, y las prácticas las hacemos en las líneas que aún quedan abiertas, sobre todo las de cercanías y algún tramo de mercancías. Antes teníamos también la nocturna para las prácticas de conducción a oscuras, que es otro mundo. Ahora, con el cierre, nos toca buscar alternativas y andamos un poco de cabeza. ENTREVISTADOR: Berta, permíteme una objeción. Nos has dicho que hay que apagar el móvil y no dejar que te localicen. Pero me consta que tú, durante años, dormías con el teléfono encendido en la mesilla y que respondías siempre que te llamaban de la central. ¿No es un poco contradictorio predicar una cosa y haber hecho justo la contraria? ENTREVISTADA: Tienes toda la razón, y te lo reconozco sin rodeos. Es verdad: yo nunca apagué ese móvil. Dormía con un ojo abierto, y si sonaba a las cuatro de la mañana para cubrir a un compañero enfermo, me levantaba y tiraba para la estación. Lo hice mil veces. Pero fíjate, precisamente por eso hablo como hablo. Yo no pude desconectar porque no me dejaron, porque el sistema estaba montado para que siempre hubiera alguien dispuesto a sacrificar su noche. Si yo no cogía el teléfono, el tren no salía y quedaban tirados cien viajeros. Así que la responsabilidad recaía entera sobre mi conciencia. Y eso está mal. ENTREVISTADOR: Entonces, ¿en qué quedamos? ENTREVISTADA: En que la desconexión no puede depender de la buena voluntad de cada uno. Ahí está la clave de todo lo que enseño. No sirve de nada decirle a un chaval «apaga el móvil» si luego la empresa lo deja sin plantilla suficiente y lo hace sentir culpable por no responder. Eso no es descansar, es esconderse. El derecho a desconectar tiene que estar escrito, con turnos que se respeten, con relevos de sobra, con una central que no te llame a tu casa como si fuera lo más normal del mundo. Yo aguanté a base de voluntad porque no había otra, y me dejé la salud en ello. A los que vienen detrás quiero ahorrarles eso. Que no tengan que elegir, como elegí yo, entre su descanso y su sentido del deber.

De la conversación se deduce que el entrevistador…

Ale reprocha haber apagado siempre el móvil por la noche.
Bconsidera que ella exagera los riesgos del oficio nocturno.
Cdetecta una contradicción entre su discurso y su conducta.answer
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A continuación, escuchará un fragmento de una entrevista a Berta Domínguez, maquinista de tren nocturno y formadora en una escuela de personal ferroviario. ENTREVISTADOR: Berta, hace tres semanas condujiste el último tren nocturno de la línea que unía el interior con la costa. Cuarenta años de servicio y, de pronto, se apaga. ¿Cómo se conduce sabiendo que detrás de ti no vendrá nadie más? ENTREVISTADA: Pues mira, con un nudo aquí, en la garganta, todo el trayecto. Yo había hecho ese recorrido cientos de veces, de madrugada, con las estaciones vacías y algún viajero medio dormido en el andén. Aquella noche, sin embargo, había gente esperándome en cada parada solo para despedir el tren. Aplausos, móviles grabando, una señora que me trajo un termo de café... Y yo pensando: «Esto no lo cuenta luego nadie en un informe». Cerraron la línea porque decían que no era rentable, que había pocos pasajeros. Y puede que los números les dieran la razón, no lo discuto. Pero un tren nocturno no se mide solo en billetes vendidos. Se mide en la gente que no tiene coche, en el que sale del hospital a las tres de la mañana, en el estudiante que vuelve a casa el fin de semana. Todo eso no cabe en una hoja de cálculo. ENTREVISTADOR: Ahora te dedicas a formar a los que empiezan. Y en tus clases insistes mucho en una idea que suena rara viniendo de una maquinista: el derecho a desconectar. Explícanos. ENTREVISTADA: Sí, y lo defiendo con uñas y dientes. Mira, a los chavales que entran ahora les repito una cosa hasta cansarme: cuando acabéis el turno, apagad el móvil. Del todo. Que no os localicen, que no os llamen para cubrir un hueco, que no miréis el cuadrante desde el sofá. Un maquinista agotado, que arrastra el cansancio de tres guardias seguidas, es un peligro para doscientas personas que van dormidas detrás. La desconexión no es un capricho ni una moda de oficina. En nuestro oficio, descansar de verdad es parte de la seguridad. Yo les digo: vuestro tiempo libre es sagrado, defendedlo como defenderíais la señal roja. Nadie tiene derecho a robaros la cabeza cuando ya habéis fichado la salida. ENTREVISTADOR: Suena impecable. Pero cuéntame de la escuela. ¿Qué hacéis exactamente? ENTREVISTADA: Es un centro de formación pequeño, dependemos de la universidad politécnica, y damos el curso a quienes quieren sacarse el título de maquinista. Mezclamos las horas de simulador con clases de reglamento, de primeros auxilios, de gestión del estrés. Yo llevo la parte práctica y también unos seminarios sobre las condiciones del oficio: los turnos, los descansos, la ley. Y hacemos divulgación, damos charlas en institutos, porque hay que explicarle a la gente joven que esto no es solo apretar un botón. Formamos a personas que trabajan de noche, solas, con una responsabilidad enorme. Si no les enseñas también a cuidarse, les estás preparando a medias. ENTREVISTADOR: ¿Y desde dónde trabajáis? ¿Por qué zona os movéis? ENTREVISTADA: La escuela está en una ciudad del interior, pero los alumnos vienen de toda la comunidad, y las prácticas las hacemos en las líneas que aún quedan abiertas, sobre todo las de cercanías y algún tramo de mercancías. Antes teníamos también la nocturna para las prácticas de conducción a oscuras, que es otro mundo. Ahora, con el cierre, nos toca buscar alternativas y andamos un poco de cabeza. ENTREVISTADOR: Berta, permíteme una objeción. Nos has dicho que hay que apagar el móvil y no dejar que te localicen. Pero me consta que tú, durante años, dormías con el teléfono encendido en la mesilla y que respondías siempre que te llamaban de la central. ¿No es un poco contradictorio predicar una cosa y haber hecho justo la contraria? ENTREVISTADA: Tienes toda la razón, y te lo reconozco sin rodeos. Es verdad: yo nunca apagué ese móvil. Dormía con un ojo abierto, y si sonaba a las cuatro de la mañana para cubrir a un compañero enfermo, me levantaba y tiraba para la estación. Lo hice mil veces. Pero fíjate, precisamente por eso hablo como hablo. Yo no pude desconectar porque no me dejaron, porque el sistema estaba montado para que siempre hubiera alguien dispuesto a sacrificar su noche. Si yo no cogía el teléfono, el tren no salía y quedaban tirados cien viajeros. Así que la responsabilidad recaía entera sobre mi conciencia. Y eso está mal. ENTREVISTADOR: Entonces, ¿en qué quedamos? ENTREVISTADA: En que la desconexión no puede depender de la buena voluntad de cada uno. Ahí está la clave de todo lo que enseño. No sirve de nada decirle a un chaval «apaga el móvil» si luego la empresa lo deja sin plantilla suficiente y lo hace sentir culpable por no responder. Eso no es descansar, es esconderse. El derecho a desconectar tiene que estar escrito, con turnos que se respeten, con relevos de sobra, con una central que no te llame a tu casa como si fuera lo más normal del mundo. Yo aguanté a base de voluntad porque no había otra, y me dejé la salud en ello. A los que vienen detrás quiero ahorrarles eso. Que no tengan que elegir, como elegí yo, entre su descanso y su sentido del deber.

En la entrevista, Berta da a entender que la desconexión…

Adepende del esfuerzo de cada trabajador por apagar el teléfono.
Bdebe asegurarse mediante normas y no con voluntad personal.answer
Cya está garantizada por los turnos que respetan las empresas.

Tarea 4

Ten brief dialogues, each heard twice, with one three-option question apiece.

Ten short dialogues, each played twice, and questions numbered 21 to 30 with options a, b and c.

21
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Diálogo 1 [en el mostrador de objetos perdidos] MUJER: Buenas tardes, esta mañana olvidé una billetera de cuero café en la sala de espera. ¿La habrán entregado? HOMBRE: Revisé el cajón, pregunté al turno de la noche y llamé a mantenimiento, señora. No le voy a vender humo: por aquí nadie trajo nada.

De la conversación se deduce que el empleado…

Ano espera que la billetera aparezca.answer
Bentregó la billetera al turno de la noche.
Cpedirá a otra sede que la busque.
22
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Diálogo 2 [al teléfono] MUJER: Cipriano, ¿al fin te confirmaron lo del puesto en la constructora? HOMBRE: Qué va, Gema. Me hicieron tres entrevistas y prometieron respuesta el lunes, luego el jueves, y ahora dicen que en dos semanas. Llevan un mes dándome largas.

Cipriano cuenta que la empresa…

Aya le confirmó el puesto para el lunes.
Blo descartó tras la tercera entrevista.
Cposterga una y otra vez su respuesta.answer
23
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Diálogo 3 [en el estacionamiento] MUJER: Aurelio, el carro no arranca y ya se nos hace tarde. ¿Qué pasó? HOMBRE: Se descargó la batería, Francisca. Anoche dejé las luces prendidas sin darme cuenta; metí la pata hasta el fondo. Ya pedí una grúa; mejor nos vamos en taxi.

El hombre reconoce que la falla del carro…

Ase resolverá en cuanto llegue la grúa.
Bse originó en una batería defectuosa.
Cse produjo por un descuido suyo.answer
24
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Diálogo 4 [en una tienda] MUJER: Para los quince años de la Mónica, ¿le regalamos un par de aretes sencillos? HOMBRE: ¡Qué aretes ni qué nada! Es su cumpleaños grande, Araceli. Yo digo que tiremos la casa por la ventana y le compremos el celular que tanto quiere.

El hombre propone que, para el cumpleaños,…

Aeviten comprarle el celular tan caro.
Bhagan un gasto generoso sin reparos.answer
Cse inclinen por unos aretes sencillos.
25
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Diálogo 5 [en el andén] MUJER: ¿Escuchó el anuncio? El tren a Arequipa sigue demorado y ni dicen hasta cuándo. HOMBRE: Sí, y el señor de la ventanilla ya perdió los estribos con los de la empresa. Llevamos más de dos horas acá y nadie da la cara.

Por la conversación se sabe que el señor de la ventanilla…

Areclamó con calma a la empresa.
Bestalló en reclamos ante los empleados.answer
Cse resignó a esperar el tren demorado.
26
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Diálogo 6 [en el pasillo del edificio] MUJER: Germán, ¿sabés algo del vecino nuevo del tercero? HOMBRE: Uf, Carla, recién llegó y ya me toca el timbre cada día para pedirme algo. Me está dando la lata; ayer vino tres veces por una llave inglesa.

El hombre se queja de que el vecino nuevo…

Ale devolvió una llave inglesa prestada.
Bapenas se cruza con él en el pasillo.
Clo importuna de continuo con sus pedidos.answer
27
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Diálogo 7 [terminada la clase] MUJER: Profesor, sea sincero: ¿cómo me fue en esta primera clase de manejo? HOMBRE: Mire, Esther, con franqueza: entre que calaba el carro y confundía los pedales, hoy no dio pie con bola. Pero tranquila, es lo normal al principio.

El instructor considera que, en esta primera clase, Esther…

Acontroló bien el carro casi todo el rato.
Bcometió numerosos errores al conducir.answer
Cconfundió los pedales sin mayores problemas.
28
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Diálogo 8 MUJER: ¡Matías, bienvenido! ¿Qué tal las vacaciones por el sur? HOMBRE: Espectaculares, Inmaculada, pero el vuelo de regreso salió de madrugada y fue larguísimo. Me caigo de sueño; no sé cómo voy a rendir en la reunión de las tres.

De la conversación se deduce que Matías…

Adescansó bien durante el vuelo de regreso.
Bpropone adelantar la reunión de las tres.
Cteme no estar lúcido en la junta.answer
29
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Diálogo 9 [en el restaurante] MUJER: Disculpe, joven, yo pedí el ají de gallina y usted me trajo un seco de res. HOMBRE: ¡Uy, doña Purificación! Se me cae la cara de vergüenza; es el segundo plato que confundo hoy. Ya mismo le traigo el suyo y va por cuenta de la casa.

El mesero afronta su equivocación…

Acon bochorno y ánimo de enmendarlo.answer
Bcon reproches dirigidos a la comensal.
Ccon indiferencia pese a confundir el plato.
30
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Diálogo 10 [al terminar el partido] HOMBRE: Señora Carlota, su hijo tiene condiciones, pero en la cancha promete mucho y rinde poco. MUJER: ¿Cómo así, profesor Zabala? HOMBRE: A ese muchacho se le va la fuerza por la boca: habla de meter goles toda la semana y el domingo no se anima a patear.

El entrenador señala que el hijo de Carlota…

Arinde en la cancha mucho más de lo que anuncia.
Bse niega a entrenar durante toda la semana.
Calardea mucho pero luego no responde en el partido.answer

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