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DELE C2 listening practice questions
26 DELE C2 listening questions with the answer to each one, tarea by tarea in the order the DELE paper asks them. They come from the same reviewed bank as the mock exams on this site, and none of them appears on a paper you can sit here, so working through these spends nothing.
Compared with DELE C1, the CEFR band moves from C1 to C2, the paper runs 275 minutes instead of 240, it asks 58 questions and tasks instead of 75. On the paper itself, the tareas go from 14 to 13, the longest writing task rises from 250 words to 450, the result is decided in 3 groups instead of 2.
DELE · Comprensión auditiva (Prueba 1, tareas 4-7) · 26 questions with answers · free to read, no account
Tarea 4
A lecture extract with notes; choose the five of twelve options that match it.
An extract from a lecture about which notes were taken, heard twice, and twelve options labelled A to L for items 27 to 31. The instruction allows one minute to read the options first.
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en el que la filósofa Inés Arrieta habla acerca del aburrimiento. Bueno, pues gracias por venir, y gracias sobre todo por venir a una conferencia sobre el aburrimiento, que es, fíjense, una manera bastante temeraria de tentar a la suerte. Si alguno de vosotros bosteza a mitad de camino, prometo no tomármelo como una refutación, sino como una ilustración. Voy a empezar por lo que no quiero decir. No quiero decir que antes la gente se aburriera mejor. Ese lamento, el de que hemos perdido la capacidad de estar sin hacer nada, se ha convertido en un género literario con sus propios premios, y lo cultivan, curiosamente, personas que no llevan diez minutos sin mirar el móvil. Yo misma, digamos, no soy la más indicada para dar lecciones: he comprobado el correo tres veces mientras esperaba a que se llenara la sala. Así que descartemos la nostalgia. El aburrimiento no es un patrimonio que haya que restaurar como se restaura una fachada. Lo que sí quiero sostener es otra cosa, más incómoda: que el aburrimiento no es la ausencia de algo, sino la presencia de algo. Cuando uno se aburre, no es que falte un estímulo; es que sobra, digamos, uno mismo. Pascal lo vio con una lucidez casi cruel: el hombre, escribe, no soporta quedarse en su habitación, y toda la agitación del mundo, la caza, la guerra, los cargos, es un procedimiento para no oírse. Heidegger, dos siglos y medio después y con bastante menos gracia, distingue tres formas de aburrimiento, y la más profunda, la que él llama... bueno, no voy a pronunciar el alemán, que luego se ríen de mí en el pasillo... la más profunda es aquella en la que ya no nos aburre esto o aquello, sino que uno se aburre, sin objeto, y en ese vacío, dice él, el mundo entero se nos muestra como un todo. Es decir: el aburrimiento profundo sería la única experiencia cotidiana de la totalidad. Nada menos. Ahora bien, y aquí viene la concesión, porque una conferencia sin concesión es un sermón: reconozco que esta idea suena muy bien en un aula y bastante peor en una sala de espera del ambulatorio. Hay un aburrimiento que no revela nada, que simplemente desgasta; el del turno de noche, el del formulario repetido, el de la reunión que podría haber sido un correo. Confundir ese aburrimiento con la experiencia metafísica de la totalidad es un lujo de gente con tiempo, y quien lo confunde suele tener a alguien que le hace la comida. Lo admito. Pero, y esto es lo que me interesa, incluso ese aburrimiento pobre, el administrativo, tiene una función que hemos dejado de ver: es el único momento en que el deseo se queda sin encargo y, por así decirlo, mira alrededor. Os pongo un ejemplo que me contó una alumna, no sé si con la intención de hacerme quedar bien. Trabajaba de cajera un verano, en un supermercado de barrio de esos en los que a las cuatro de la tarde no entra nadie. Y me decía que en esas horas muertas se le ocurrieron las tres o cuatro decisiones importantes de su vida: dejar una carrera, empezar otra, y, cito, darse cuenta de que no quería a la persona con la que vivía, cosa que la persona en cuestión, imagino, habría preferido que descubriera en el horario laboral de otro. Fíjense en el mecanismo: no es que la caja fuera inspiradora. Es que no había con qué taparse. Y eso me lleva a la tesis, que es sencilla y, lo sé, poco original en su formulación, aunque espero que algo más en sus consecuencias: la industria contemporánea de la atención no vende entretenimiento; vende ausencia de aburrimiento, que no es lo mismo. El entretenimiento es una cosa positiva, tiene forma, empieza y acaba. La ausencia de aburrimiento es un servicio negativo, un sellado de grietas. Se nos ofrece, con una eficacia admirable, la garantía de que nunca más nos quedaremos a solas con el deseo desocupado. Y lo compramos con entusiasmo, porque el deseo desocupado, lo sabía Pascal, da miedo. Alguien me dirá, y de hecho me lo dijo un colega la semana pasada con cierta suficiencia, que esto es un elogio del aburrimiento y que los elogios del aburrimiento son la coartada de los profesores que dan clases aburridas. Puede ser. Pero yo no elogio el aburrimiento; lo que digo es que hay que dejar de tenerle miedo, que es distinto. No propongo que os aburráis a propósito, ni que apaguéis nada, ni que meditéis; propongo algo mucho más modesto: que la próxima vez que os quedéis sin nada que hacer, tardéis diez segundos en resolverlo. Diez. En esos diez segundos, os lo aseguro, no va a aparecer la totalidad heideggeriana. Pero puede que os oigáis. Y eso, para una tarde de jueves, ya es bastante. Muchas gracias.
Enunciado 1 de 5
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en el que la filósofa Inés Arrieta habla acerca del aburrimiento. Bueno, pues gracias por venir, y gracias sobre todo por venir a una conferencia sobre el aburrimiento, que es, fíjense, una manera bastante temeraria de tentar a la suerte. Si alguno de vosotros bosteza a mitad de camino, prometo no tomármelo como una refutación, sino como una ilustración. Voy a empezar por lo que no quiero decir. No quiero decir que antes la gente se aburriera mejor. Ese lamento, el de que hemos perdido la capacidad de estar sin hacer nada, se ha convertido en un género literario con sus propios premios, y lo cultivan, curiosamente, personas que no llevan diez minutos sin mirar el móvil. Yo misma, digamos, no soy la más indicada para dar lecciones: he comprobado el correo tres veces mientras esperaba a que se llenara la sala. Así que descartemos la nostalgia. El aburrimiento no es un patrimonio que haya que restaurar como se restaura una fachada. Lo que sí quiero sostener es otra cosa, más incómoda: que el aburrimiento no es la ausencia de algo, sino la presencia de algo. Cuando uno se aburre, no es que falte un estímulo; es que sobra, digamos, uno mismo. Pascal lo vio con una lucidez casi cruel: el hombre, escribe, no soporta quedarse en su habitación, y toda la agitación del mundo, la caza, la guerra, los cargos, es un procedimiento para no oírse. Heidegger, dos siglos y medio después y con bastante menos gracia, distingue tres formas de aburrimiento, y la más profunda, la que él llama... bueno, no voy a pronunciar el alemán, que luego se ríen de mí en el pasillo... la más profunda es aquella en la que ya no nos aburre esto o aquello, sino que uno se aburre, sin objeto, y en ese vacío, dice él, el mundo entero se nos muestra como un todo. Es decir: el aburrimiento profundo sería la única experiencia cotidiana de la totalidad. Nada menos. Ahora bien, y aquí viene la concesión, porque una conferencia sin concesión es un sermón: reconozco que esta idea suena muy bien en un aula y bastante peor en una sala de espera del ambulatorio. Hay un aburrimiento que no revela nada, que simplemente desgasta; el del turno de noche, el del formulario repetido, el de la reunión que podría haber sido un correo. Confundir ese aburrimiento con la experiencia metafísica de la totalidad es un lujo de gente con tiempo, y quien lo confunde suele tener a alguien que le hace la comida. Lo admito. Pero, y esto es lo que me interesa, incluso ese aburrimiento pobre, el administrativo, tiene una función que hemos dejado de ver: es el único momento en que el deseo se queda sin encargo y, por así decirlo, mira alrededor. Os pongo un ejemplo que me contó una alumna, no sé si con la intención de hacerme quedar bien. Trabajaba de cajera un verano, en un supermercado de barrio de esos en los que a las cuatro de la tarde no entra nadie. Y me decía que en esas horas muertas se le ocurrieron las tres o cuatro decisiones importantes de su vida: dejar una carrera, empezar otra, y, cito, darse cuenta de que no quería a la persona con la que vivía, cosa que la persona en cuestión, imagino, habría preferido que descubriera en el horario laboral de otro. Fíjense en el mecanismo: no es que la caja fuera inspiradora. Es que no había con qué taparse. Y eso me lleva a la tesis, que es sencilla y, lo sé, poco original en su formulación, aunque espero que algo más en sus consecuencias: la industria contemporánea de la atención no vende entretenimiento; vende ausencia de aburrimiento, que no es lo mismo. El entretenimiento es una cosa positiva, tiene forma, empieza y acaba. La ausencia de aburrimiento es un servicio negativo, un sellado de grietas. Se nos ofrece, con una eficacia admirable, la garantía de que nunca más nos quedaremos a solas con el deseo desocupado. Y lo compramos con entusiasmo, porque el deseo desocupado, lo sabía Pascal, da miedo. Alguien me dirá, y de hecho me lo dijo un colega la semana pasada con cierta suficiencia, que esto es un elogio del aburrimiento y que los elogios del aburrimiento son la coartada de los profesores que dan clases aburridas. Puede ser. Pero yo no elogio el aburrimiento; lo que digo es que hay que dejar de tenerle miedo, que es distinto. No propongo que os aburráis a propósito, ni que apaguéis nada, ni que meditéis; propongo algo mucho más modesto: que la próxima vez que os quedéis sin nada que hacer, tardéis diez segundos en resolverlo. Diez. En esos diez segundos, os lo aseguro, no va a aparecer la totalidad heideggeriana. Pero puede que os oigáis. Y eso, para una tarde de jueves, ya es bastante. Muchas gracias.
Enunciado 2 de 5
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en el que la filósofa Inés Arrieta habla acerca del aburrimiento. Bueno, pues gracias por venir, y gracias sobre todo por venir a una conferencia sobre el aburrimiento, que es, fíjense, una manera bastante temeraria de tentar a la suerte. Si alguno de vosotros bosteza a mitad de camino, prometo no tomármelo como una refutación, sino como una ilustración. Voy a empezar por lo que no quiero decir. No quiero decir que antes la gente se aburriera mejor. Ese lamento, el de que hemos perdido la capacidad de estar sin hacer nada, se ha convertido en un género literario con sus propios premios, y lo cultivan, curiosamente, personas que no llevan diez minutos sin mirar el móvil. Yo misma, digamos, no soy la más indicada para dar lecciones: he comprobado el correo tres veces mientras esperaba a que se llenara la sala. Así que descartemos la nostalgia. El aburrimiento no es un patrimonio que haya que restaurar como se restaura una fachada. Lo que sí quiero sostener es otra cosa, más incómoda: que el aburrimiento no es la ausencia de algo, sino la presencia de algo. Cuando uno se aburre, no es que falte un estímulo; es que sobra, digamos, uno mismo. Pascal lo vio con una lucidez casi cruel: el hombre, escribe, no soporta quedarse en su habitación, y toda la agitación del mundo, la caza, la guerra, los cargos, es un procedimiento para no oírse. Heidegger, dos siglos y medio después y con bastante menos gracia, distingue tres formas de aburrimiento, y la más profunda, la que él llama... bueno, no voy a pronunciar el alemán, que luego se ríen de mí en el pasillo... la más profunda es aquella en la que ya no nos aburre esto o aquello, sino que uno se aburre, sin objeto, y en ese vacío, dice él, el mundo entero se nos muestra como un todo. Es decir: el aburrimiento profundo sería la única experiencia cotidiana de la totalidad. Nada menos. Ahora bien, y aquí viene la concesión, porque una conferencia sin concesión es un sermón: reconozco que esta idea suena muy bien en un aula y bastante peor en una sala de espera del ambulatorio. Hay un aburrimiento que no revela nada, que simplemente desgasta; el del turno de noche, el del formulario repetido, el de la reunión que podría haber sido un correo. Confundir ese aburrimiento con la experiencia metafísica de la totalidad es un lujo de gente con tiempo, y quien lo confunde suele tener a alguien que le hace la comida. Lo admito. Pero, y esto es lo que me interesa, incluso ese aburrimiento pobre, el administrativo, tiene una función que hemos dejado de ver: es el único momento en que el deseo se queda sin encargo y, por así decirlo, mira alrededor. Os pongo un ejemplo que me contó una alumna, no sé si con la intención de hacerme quedar bien. Trabajaba de cajera un verano, en un supermercado de barrio de esos en los que a las cuatro de la tarde no entra nadie. Y me decía que en esas horas muertas se le ocurrieron las tres o cuatro decisiones importantes de su vida: dejar una carrera, empezar otra, y, cito, darse cuenta de que no quería a la persona con la que vivía, cosa que la persona en cuestión, imagino, habría preferido que descubriera en el horario laboral de otro. Fíjense en el mecanismo: no es que la caja fuera inspiradora. Es que no había con qué taparse. Y eso me lleva a la tesis, que es sencilla y, lo sé, poco original en su formulación, aunque espero que algo más en sus consecuencias: la industria contemporánea de la atención no vende entretenimiento; vende ausencia de aburrimiento, que no es lo mismo. El entretenimiento es una cosa positiva, tiene forma, empieza y acaba. La ausencia de aburrimiento es un servicio negativo, un sellado de grietas. Se nos ofrece, con una eficacia admirable, la garantía de que nunca más nos quedaremos a solas con el deseo desocupado. Y lo compramos con entusiasmo, porque el deseo desocupado, lo sabía Pascal, da miedo. Alguien me dirá, y de hecho me lo dijo un colega la semana pasada con cierta suficiencia, que esto es un elogio del aburrimiento y que los elogios del aburrimiento son la coartada de los profesores que dan clases aburridas. Puede ser. Pero yo no elogio el aburrimiento; lo que digo es que hay que dejar de tenerle miedo, que es distinto. No propongo que os aburráis a propósito, ni que apaguéis nada, ni que meditéis; propongo algo mucho más modesto: que la próxima vez que os quedéis sin nada que hacer, tardéis diez segundos en resolverlo. Diez. En esos diez segundos, os lo aseguro, no va a aparecer la totalidad heideggeriana. Pero puede que os oigáis. Y eso, para una tarde de jueves, ya es bastante. Muchas gracias.
Enunciado 3 de 5
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en el que la filósofa Inés Arrieta habla acerca del aburrimiento. Bueno, pues gracias por venir, y gracias sobre todo por venir a una conferencia sobre el aburrimiento, que es, fíjense, una manera bastante temeraria de tentar a la suerte. Si alguno de vosotros bosteza a mitad de camino, prometo no tomármelo como una refutación, sino como una ilustración. Voy a empezar por lo que no quiero decir. No quiero decir que antes la gente se aburriera mejor. Ese lamento, el de que hemos perdido la capacidad de estar sin hacer nada, se ha convertido en un género literario con sus propios premios, y lo cultivan, curiosamente, personas que no llevan diez minutos sin mirar el móvil. Yo misma, digamos, no soy la más indicada para dar lecciones: he comprobado el correo tres veces mientras esperaba a que se llenara la sala. Así que descartemos la nostalgia. El aburrimiento no es un patrimonio que haya que restaurar como se restaura una fachada. Lo que sí quiero sostener es otra cosa, más incómoda: que el aburrimiento no es la ausencia de algo, sino la presencia de algo. Cuando uno se aburre, no es que falte un estímulo; es que sobra, digamos, uno mismo. Pascal lo vio con una lucidez casi cruel: el hombre, escribe, no soporta quedarse en su habitación, y toda la agitación del mundo, la caza, la guerra, los cargos, es un procedimiento para no oírse. Heidegger, dos siglos y medio después y con bastante menos gracia, distingue tres formas de aburrimiento, y la más profunda, la que él llama... bueno, no voy a pronunciar el alemán, que luego se ríen de mí en el pasillo... la más profunda es aquella en la que ya no nos aburre esto o aquello, sino que uno se aburre, sin objeto, y en ese vacío, dice él, el mundo entero se nos muestra como un todo. Es decir: el aburrimiento profundo sería la única experiencia cotidiana de la totalidad. Nada menos. Ahora bien, y aquí viene la concesión, porque una conferencia sin concesión es un sermón: reconozco que esta idea suena muy bien en un aula y bastante peor en una sala de espera del ambulatorio. Hay un aburrimiento que no revela nada, que simplemente desgasta; el del turno de noche, el del formulario repetido, el de la reunión que podría haber sido un correo. Confundir ese aburrimiento con la experiencia metafísica de la totalidad es un lujo de gente con tiempo, y quien lo confunde suele tener a alguien que le hace la comida. Lo admito. Pero, y esto es lo que me interesa, incluso ese aburrimiento pobre, el administrativo, tiene una función que hemos dejado de ver: es el único momento en que el deseo se queda sin encargo y, por así decirlo, mira alrededor. Os pongo un ejemplo que me contó una alumna, no sé si con la intención de hacerme quedar bien. Trabajaba de cajera un verano, en un supermercado de barrio de esos en los que a las cuatro de la tarde no entra nadie. Y me decía que en esas horas muertas se le ocurrieron las tres o cuatro decisiones importantes de su vida: dejar una carrera, empezar otra, y, cito, darse cuenta de que no quería a la persona con la que vivía, cosa que la persona en cuestión, imagino, habría preferido que descubriera en el horario laboral de otro. Fíjense en el mecanismo: no es que la caja fuera inspiradora. Es que no había con qué taparse. Y eso me lleva a la tesis, que es sencilla y, lo sé, poco original en su formulación, aunque espero que algo más en sus consecuencias: la industria contemporánea de la atención no vende entretenimiento; vende ausencia de aburrimiento, que no es lo mismo. El entretenimiento es una cosa positiva, tiene forma, empieza y acaba. La ausencia de aburrimiento es un servicio negativo, un sellado de grietas. Se nos ofrece, con una eficacia admirable, la garantía de que nunca más nos quedaremos a solas con el deseo desocupado. Y lo compramos con entusiasmo, porque el deseo desocupado, lo sabía Pascal, da miedo. Alguien me dirá, y de hecho me lo dijo un colega la semana pasada con cierta suficiencia, que esto es un elogio del aburrimiento y que los elogios del aburrimiento son la coartada de los profesores que dan clases aburridas. Puede ser. Pero yo no elogio el aburrimiento; lo que digo es que hay que dejar de tenerle miedo, que es distinto. No propongo que os aburráis a propósito, ni que apaguéis nada, ni que meditéis; propongo algo mucho más modesto: que la próxima vez que os quedéis sin nada que hacer, tardéis diez segundos en resolverlo. Diez. En esos diez segundos, os lo aseguro, no va a aparecer la totalidad heideggeriana. Pero puede que os oigáis. Y eso, para una tarde de jueves, ya es bastante. Muchas gracias.
Enunciado 4 de 5
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A continuación, escuchará un fragmento de una conferencia en el que la filósofa Inés Arrieta habla acerca del aburrimiento. Bueno, pues gracias por venir, y gracias sobre todo por venir a una conferencia sobre el aburrimiento, que es, fíjense, una manera bastante temeraria de tentar a la suerte. Si alguno de vosotros bosteza a mitad de camino, prometo no tomármelo como una refutación, sino como una ilustración. Voy a empezar por lo que no quiero decir. No quiero decir que antes la gente se aburriera mejor. Ese lamento, el de que hemos perdido la capacidad de estar sin hacer nada, se ha convertido en un género literario con sus propios premios, y lo cultivan, curiosamente, personas que no llevan diez minutos sin mirar el móvil. Yo misma, digamos, no soy la más indicada para dar lecciones: he comprobado el correo tres veces mientras esperaba a que se llenara la sala. Así que descartemos la nostalgia. El aburrimiento no es un patrimonio que haya que restaurar como se restaura una fachada. Lo que sí quiero sostener es otra cosa, más incómoda: que el aburrimiento no es la ausencia de algo, sino la presencia de algo. Cuando uno se aburre, no es que falte un estímulo; es que sobra, digamos, uno mismo. Pascal lo vio con una lucidez casi cruel: el hombre, escribe, no soporta quedarse en su habitación, y toda la agitación del mundo, la caza, la guerra, los cargos, es un procedimiento para no oírse. Heidegger, dos siglos y medio después y con bastante menos gracia, distingue tres formas de aburrimiento, y la más profunda, la que él llama... bueno, no voy a pronunciar el alemán, que luego se ríen de mí en el pasillo... la más profunda es aquella en la que ya no nos aburre esto o aquello, sino que uno se aburre, sin objeto, y en ese vacío, dice él, el mundo entero se nos muestra como un todo. Es decir: el aburrimiento profundo sería la única experiencia cotidiana de la totalidad. Nada menos. Ahora bien, y aquí viene la concesión, porque una conferencia sin concesión es un sermón: reconozco que esta idea suena muy bien en un aula y bastante peor en una sala de espera del ambulatorio. Hay un aburrimiento que no revela nada, que simplemente desgasta; el del turno de noche, el del formulario repetido, el de la reunión que podría haber sido un correo. Confundir ese aburrimiento con la experiencia metafísica de la totalidad es un lujo de gente con tiempo, y quien lo confunde suele tener a alguien que le hace la comida. Lo admito. Pero, y esto es lo que me interesa, incluso ese aburrimiento pobre, el administrativo, tiene una función que hemos dejado de ver: es el único momento en que el deseo se queda sin encargo y, por así decirlo, mira alrededor. Os pongo un ejemplo que me contó una alumna, no sé si con la intención de hacerme quedar bien. Trabajaba de cajera un verano, en un supermercado de barrio de esos en los que a las cuatro de la tarde no entra nadie. Y me decía que en esas horas muertas se le ocurrieron las tres o cuatro decisiones importantes de su vida: dejar una carrera, empezar otra, y, cito, darse cuenta de que no quería a la persona con la que vivía, cosa que la persona en cuestión, imagino, habría preferido que descubriera en el horario laboral de otro. Fíjense en el mecanismo: no es que la caja fuera inspiradora. Es que no había con qué taparse. Y eso me lleva a la tesis, que es sencilla y, lo sé, poco original en su formulación, aunque espero que algo más en sus consecuencias: la industria contemporánea de la atención no vende entretenimiento; vende ausencia de aburrimiento, que no es lo mismo. El entretenimiento es una cosa positiva, tiene forma, empieza y acaba. La ausencia de aburrimiento es un servicio negativo, un sellado de grietas. Se nos ofrece, con una eficacia admirable, la garantía de que nunca más nos quedaremos a solas con el deseo desocupado. Y lo compramos con entusiasmo, porque el deseo desocupado, lo sabía Pascal, da miedo. Alguien me dirá, y de hecho me lo dijo un colega la semana pasada con cierta suficiencia, que esto es un elogio del aburrimiento y que los elogios del aburrimiento son la coartada de los profesores que dan clases aburridas. Puede ser. Pero yo no elogio el aburrimiento; lo que digo es que hay que dejar de tenerle miedo, que es distinto. No propongo que os aburráis a propósito, ni que apaguéis nada, ni que meditéis; propongo algo mucho más modesto: que la próxima vez que os quedéis sin nada que hacer, tardéis diez segundos en resolverlo. Diez. En esos diez segundos, os lo aseguro, no va a aparecer la totalidad heideggeriana. Pero puede que os oigáis. Y eso, para una tarde de jueves, ya es bastante. Muchas gracias.
Enunciado 5 de 5
Tarea 5
A man and a woman talk; mark which of seven ideas each expresses, or neither.
A conversation between a man and a woman, heard twice, and seven statements numbered 32 to 38. The instruction allows one minute to read them first.
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A continuación, escuchará una conversación entre dos amigos, arquitectos, que tomaron caminos distintos: ella emigró y él se quedó en México. HOMBRE: ¡Renata! No manches, si no fuera por la foto de tu credencial en el celular, no te reconozco. ¿Cuántos años, ocho? MUJER: Nueve, Diego. Desde que presentamos la tesis juntos y juramos que jamás trabajaríamos para nadie. Mira nada más en lo que acabamos. HOMBRE: Oye, yo cumplí mi parte del juramento, ¿eh? Abrí el despacho, doce personas, proyectos por todo el bajío. Tú fuiste la que se rajó y se fue a diseñar terminales ajenas a Róterdam. MUJER: "Rajó"... qué maravilla de vocabulario. Me fui porque aquí, con todo el cariño, iba a pasarme la vida remodelando cocinas y peleando facturas. Allá firmo un aeropuerto que van a cruzar millones de personas. HOMBRE: Millones que jamás sabrán que lo firmaste tú. En un estudio de trescientos, eres un renglón en los créditos. Yo, cada casa que entrego, la familia sabe mi nombre. MUJER: ...Bueno, eso no te lo voy a discutir. Hay días en que sí extraño ver la obra terminada y que alguien te dé las gracias en la cara. Allá soy un correo bien redactado entre otros mil. HOMBRE: ¿Ves? Y encima con un clima que... MUJER: No empieces con el clima. HOMBRE: ...con un clima que te tiene seis meses sin ver el sol. Yo desayuno en la terraza viendo los volcanes. MUJER: Y facturando en pesos, mi amor, no te hagas. Lo que yo gano en un trimestre no lo levantas tú en dos años de remodelar cocinas, para usar tus palabras. HOMBRE: Ahí me diste. No te voy a mentir, hay meses que hago cuentas con la calculadora del celular rezando. Pero es mío. No le rindo cuentas a un comité de socios que nunca pisaron una obra. MUJER: Ese comité, te informo, me acaba de nombrar líder de proyecto. Con equipo, con presupuesto, sin pedir permiso para cada trazo. No todo es la película del genio incomprendido, Diego. HOMBRE: No, si me da gusto, en serio. Siempre fuiste la más terca de la generación... y la más talentosa, para qué nos hacemos. MUJER: Uy, un halago. Apunten la fecha. Mira, ¿te confieso algo? Llevo un año viendo departamentos aquí. Mi mamá ya está grande, y desde allá acompañarla es un chat de voz a las once de la noche. HOMBRE: ¿Regresarías? ¿En serio? MUJER: No a remodelar cocinas, eso tenlo claro. Pero montar algo mío, con lo que aprendí allá... quizá. Lo que no sé es si aguanto volver a pelear por que te paguen a tiempo. HOMBRE: Se pelea, Renata, se pelea. Yo antes juraba que quedarse era lo valiente y largarse era rendirse. Ya no lo veo tan claro. Tú te aventaste sola a un país donde ni el idioma... eso también tiene lo suyo. MUJER: Vaya, el filósofo del bajío evolucionó. Yo tampoco creo ya que quedarse sea conformarse. Tu despacho no es poca cosa; simplemente no era lo mío entonces. HOMBRE: Entonces hagamos algo. Cuando te decidas, platicamos. Un despacho con un pie aquí y experiencia de allá... no sé, medio bonito suena. MUJER: Suena a que me quieres de socia para que te lleve la contabilidad en otro idioma. HOMBRE: También, no te voy a mentir. MUJER: Al menos eres honesto. Déjame termino el aeropuerto y lo platicamos con calma. Pero no prometo nada, Diego. HOMBRE: Nunca prometes nada. Por eso cumples.
Valora que sus clientes conozcan personalmente su nombre por encima de la magnitud del proyecto.
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A continuación, escuchará una conversación entre dos amigos, arquitectos, que tomaron caminos distintos: ella emigró y él se quedó en México. HOMBRE: ¡Renata! No manches, si no fuera por la foto de tu credencial en el celular, no te reconozco. ¿Cuántos años, ocho? MUJER: Nueve, Diego. Desde que presentamos la tesis juntos y juramos que jamás trabajaríamos para nadie. Mira nada más en lo que acabamos. HOMBRE: Oye, yo cumplí mi parte del juramento, ¿eh? Abrí el despacho, doce personas, proyectos por todo el bajío. Tú fuiste la que se rajó y se fue a diseñar terminales ajenas a Róterdam. MUJER: "Rajó"... qué maravilla de vocabulario. Me fui porque aquí, con todo el cariño, iba a pasarme la vida remodelando cocinas y peleando facturas. Allá firmo un aeropuerto que van a cruzar millones de personas. HOMBRE: Millones que jamás sabrán que lo firmaste tú. En un estudio de trescientos, eres un renglón en los créditos. Yo, cada casa que entrego, la familia sabe mi nombre. MUJER: ...Bueno, eso no te lo voy a discutir. Hay días en que sí extraño ver la obra terminada y que alguien te dé las gracias en la cara. Allá soy un correo bien redactado entre otros mil. HOMBRE: ¿Ves? Y encima con un clima que... MUJER: No empieces con el clima. HOMBRE: ...con un clima que te tiene seis meses sin ver el sol. Yo desayuno en la terraza viendo los volcanes. MUJER: Y facturando en pesos, mi amor, no te hagas. Lo que yo gano en un trimestre no lo levantas tú en dos años de remodelar cocinas, para usar tus palabras. HOMBRE: Ahí me diste. No te voy a mentir, hay meses que hago cuentas con la calculadora del celular rezando. Pero es mío. No le rindo cuentas a un comité de socios que nunca pisaron una obra. MUJER: Ese comité, te informo, me acaba de nombrar líder de proyecto. Con equipo, con presupuesto, sin pedir permiso para cada trazo. No todo es la película del genio incomprendido, Diego. HOMBRE: No, si me da gusto, en serio. Siempre fuiste la más terca de la generación... y la más talentosa, para qué nos hacemos. MUJER: Uy, un halago. Apunten la fecha. Mira, ¿te confieso algo? Llevo un año viendo departamentos aquí. Mi mamá ya está grande, y desde allá acompañarla es un chat de voz a las once de la noche. HOMBRE: ¿Regresarías? ¿En serio? MUJER: No a remodelar cocinas, eso tenlo claro. Pero montar algo mío, con lo que aprendí allá... quizá. Lo que no sé es si aguanto volver a pelear por que te paguen a tiempo. HOMBRE: Se pelea, Renata, se pelea. Yo antes juraba que quedarse era lo valiente y largarse era rendirse. Ya no lo veo tan claro. Tú te aventaste sola a un país donde ni el idioma... eso también tiene lo suyo. MUJER: Vaya, el filósofo del bajío evolucionó. Yo tampoco creo ya que quedarse sea conformarse. Tu despacho no es poca cosa; simplemente no era lo mío entonces. HOMBRE: Entonces hagamos algo. Cuando te decidas, platicamos. Un despacho con un pie aquí y experiencia de allá... no sé, medio bonito suena. MUJER: Suena a que me quieres de socia para que te lleve la contabilidad en otro idioma. HOMBRE: También, no te voy a mentir. MUJER: Al menos eres honesto. Déjame termino el aeropuerto y lo platicamos con calma. Pero no prometo nada, Diego. HOMBRE: Nunca prometes nada. Por eso cumples.
Prefiere intervenir en obras de enorme alcance aunque su autoría quede diluida entre muchos.
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A continuación, escuchará una conversación entre dos amigos, arquitectos, que tomaron caminos distintos: ella emigró y él se quedó en México. HOMBRE: ¡Renata! No manches, si no fuera por la foto de tu credencial en el celular, no te reconozco. ¿Cuántos años, ocho? MUJER: Nueve, Diego. Desde que presentamos la tesis juntos y juramos que jamás trabajaríamos para nadie. Mira nada más en lo que acabamos. HOMBRE: Oye, yo cumplí mi parte del juramento, ¿eh? Abrí el despacho, doce personas, proyectos por todo el bajío. Tú fuiste la que se rajó y se fue a diseñar terminales ajenas a Róterdam. MUJER: "Rajó"... qué maravilla de vocabulario. Me fui porque aquí, con todo el cariño, iba a pasarme la vida remodelando cocinas y peleando facturas. Allá firmo un aeropuerto que van a cruzar millones de personas. HOMBRE: Millones que jamás sabrán que lo firmaste tú. En un estudio de trescientos, eres un renglón en los créditos. Yo, cada casa que entrego, la familia sabe mi nombre. MUJER: ...Bueno, eso no te lo voy a discutir. Hay días en que sí extraño ver la obra terminada y que alguien te dé las gracias en la cara. Allá soy un correo bien redactado entre otros mil. HOMBRE: ¿Ves? Y encima con un clima que... MUJER: No empieces con el clima. HOMBRE: ...con un clima que te tiene seis meses sin ver el sol. Yo desayuno en la terraza viendo los volcanes. MUJER: Y facturando en pesos, mi amor, no te hagas. Lo que yo gano en un trimestre no lo levantas tú en dos años de remodelar cocinas, para usar tus palabras. HOMBRE: Ahí me diste. No te voy a mentir, hay meses que hago cuentas con la calculadora del celular rezando. Pero es mío. No le rindo cuentas a un comité de socios que nunca pisaron una obra. MUJER: Ese comité, te informo, me acaba de nombrar líder de proyecto. Con equipo, con presupuesto, sin pedir permiso para cada trazo. No todo es la película del genio incomprendido, Diego. HOMBRE: No, si me da gusto, en serio. Siempre fuiste la más terca de la generación... y la más talentosa, para qué nos hacemos. MUJER: Uy, un halago. Apunten la fecha. Mira, ¿te confieso algo? Llevo un año viendo departamentos aquí. Mi mamá ya está grande, y desde allá acompañarla es un chat de voz a las once de la noche. HOMBRE: ¿Regresarías? ¿En serio? MUJER: No a remodelar cocinas, eso tenlo claro. Pero montar algo mío, con lo que aprendí allá... quizá. Lo que no sé es si aguanto volver a pelear por que te paguen a tiempo. HOMBRE: Se pelea, Renata, se pelea. Yo antes juraba que quedarse era lo valiente y largarse era rendirse. Ya no lo veo tan claro. Tú te aventaste sola a un país donde ni el idioma... eso también tiene lo suyo. MUJER: Vaya, el filósofo del bajío evolucionó. Yo tampoco creo ya que quedarse sea conformarse. Tu despacho no es poca cosa; simplemente no era lo mío entonces. HOMBRE: Entonces hagamos algo. Cuando te decidas, platicamos. Un despacho con un pie aquí y experiencia de allá... no sé, medio bonito suena. MUJER: Suena a que me quieres de socia para que te lleve la contabilidad en otro idioma. HOMBRE: También, no te voy a mentir. MUJER: Al menos eres honesto. Déjame termino el aeropuerto y lo platicamos con calma. Pero no prometo nada, Diego. HOMBRE: Nunca prometes nada. Por eso cumples.
Reconoce que sus ingresos son inestables, pero antepone la independencia a la holgura económica.
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A continuación, escuchará una conversación entre dos amigos, arquitectos, que tomaron caminos distintos: ella emigró y él se quedó en México. HOMBRE: ¡Renata! No manches, si no fuera por la foto de tu credencial en el celular, no te reconozco. ¿Cuántos años, ocho? MUJER: Nueve, Diego. Desde que presentamos la tesis juntos y juramos que jamás trabajaríamos para nadie. Mira nada más en lo que acabamos. HOMBRE: Oye, yo cumplí mi parte del juramento, ¿eh? Abrí el despacho, doce personas, proyectos por todo el bajío. Tú fuiste la que se rajó y se fue a diseñar terminales ajenas a Róterdam. MUJER: "Rajó"... qué maravilla de vocabulario. Me fui porque aquí, con todo el cariño, iba a pasarme la vida remodelando cocinas y peleando facturas. Allá firmo un aeropuerto que van a cruzar millones de personas. HOMBRE: Millones que jamás sabrán que lo firmaste tú. En un estudio de trescientos, eres un renglón en los créditos. Yo, cada casa que entrego, la familia sabe mi nombre. MUJER: ...Bueno, eso no te lo voy a discutir. Hay días en que sí extraño ver la obra terminada y que alguien te dé las gracias en la cara. Allá soy un correo bien redactado entre otros mil. HOMBRE: ¿Ves? Y encima con un clima que... MUJER: No empieces con el clima. HOMBRE: ...con un clima que te tiene seis meses sin ver el sol. Yo desayuno en la terraza viendo los volcanes. MUJER: Y facturando en pesos, mi amor, no te hagas. Lo que yo gano en un trimestre no lo levantas tú en dos años de remodelar cocinas, para usar tus palabras. HOMBRE: Ahí me diste. No te voy a mentir, hay meses que hago cuentas con la calculadora del celular rezando. Pero es mío. No le rindo cuentas a un comité de socios que nunca pisaron una obra. MUJER: Ese comité, te informo, me acaba de nombrar líder de proyecto. Con equipo, con presupuesto, sin pedir permiso para cada trazo. No todo es la película del genio incomprendido, Diego. HOMBRE: No, si me da gusto, en serio. Siempre fuiste la más terca de la generación... y la más talentosa, para qué nos hacemos. MUJER: Uy, un halago. Apunten la fecha. Mira, ¿te confieso algo? Llevo un año viendo departamentos aquí. Mi mamá ya está grande, y desde allá acompañarla es un chat de voz a las once de la noche. HOMBRE: ¿Regresarías? ¿En serio? MUJER: No a remodelar cocinas, eso tenlo claro. Pero montar algo mío, con lo que aprendí allá... quizá. Lo que no sé es si aguanto volver a pelear por que te paguen a tiempo. HOMBRE: Se pelea, Renata, se pelea. Yo antes juraba que quedarse era lo valiente y largarse era rendirse. Ya no lo veo tan claro. Tú te aventaste sola a un país donde ni el idioma... eso también tiene lo suyo. MUJER: Vaya, el filósofo del bajío evolucionó. Yo tampoco creo ya que quedarse sea conformarse. Tu despacho no es poca cosa; simplemente no era lo mío entonces. HOMBRE: Entonces hagamos algo. Cuando te decidas, platicamos. Un despacho con un pie aquí y experiencia de allá... no sé, medio bonito suena. MUJER: Suena a que me quieres de socia para que te lleve la contabilidad en otro idioma. HOMBRE: También, no te voy a mentir. MUJER: Al menos eres honesto. Déjame termino el aeropuerto y lo platicamos con calma. Pero no prometo nada, Diego. HOMBRE: Nunca prometes nada. Por eso cumples.
Admite que extraña el agradecimiento directo que produce ver una obra terminada.
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A continuación, escuchará una conversación entre dos amigos, arquitectos, que tomaron caminos distintos: ella emigró y él se quedó en México. HOMBRE: ¡Renata! No manches, si no fuera por la foto de tu credencial en el celular, no te reconozco. ¿Cuántos años, ocho? MUJER: Nueve, Diego. Desde que presentamos la tesis juntos y juramos que jamás trabajaríamos para nadie. Mira nada más en lo que acabamos. HOMBRE: Oye, yo cumplí mi parte del juramento, ¿eh? Abrí el despacho, doce personas, proyectos por todo el bajío. Tú fuiste la que se rajó y se fue a diseñar terminales ajenas a Róterdam. MUJER: "Rajó"... qué maravilla de vocabulario. Me fui porque aquí, con todo el cariño, iba a pasarme la vida remodelando cocinas y peleando facturas. Allá firmo un aeropuerto que van a cruzar millones de personas. HOMBRE: Millones que jamás sabrán que lo firmaste tú. En un estudio de trescientos, eres un renglón en los créditos. Yo, cada casa que entrego, la familia sabe mi nombre. MUJER: ...Bueno, eso no te lo voy a discutir. Hay días en que sí extraño ver la obra terminada y que alguien te dé las gracias en la cara. Allá soy un correo bien redactado entre otros mil. HOMBRE: ¿Ves? Y encima con un clima que... MUJER: No empieces con el clima. HOMBRE: ...con un clima que te tiene seis meses sin ver el sol. Yo desayuno en la terraza viendo los volcanes. MUJER: Y facturando en pesos, mi amor, no te hagas. Lo que yo gano en un trimestre no lo levantas tú en dos años de remodelar cocinas, para usar tus palabras. HOMBRE: Ahí me diste. No te voy a mentir, hay meses que hago cuentas con la calculadora del celular rezando. Pero es mío. No le rindo cuentas a un comité de socios que nunca pisaron una obra. MUJER: Ese comité, te informo, me acaba de nombrar líder de proyecto. Con equipo, con presupuesto, sin pedir permiso para cada trazo. No todo es la película del genio incomprendido, Diego. HOMBRE: No, si me da gusto, en serio. Siempre fuiste la más terca de la generación... y la más talentosa, para qué nos hacemos. MUJER: Uy, un halago. Apunten la fecha. Mira, ¿te confieso algo? Llevo un año viendo departamentos aquí. Mi mamá ya está grande, y desde allá acompañarla es un chat de voz a las once de la noche. HOMBRE: ¿Regresarías? ¿En serio? MUJER: No a remodelar cocinas, eso tenlo claro. Pero montar algo mío, con lo que aprendí allá... quizá. Lo que no sé es si aguanto volver a pelear por que te paguen a tiempo. HOMBRE: Se pelea, Renata, se pelea. Yo antes juraba que quedarse era lo valiente y largarse era rendirse. Ya no lo veo tan claro. Tú te aventaste sola a un país donde ni el idioma... eso también tiene lo suyo. MUJER: Vaya, el filósofo del bajío evolucionó. Yo tampoco creo ya que quedarse sea conformarse. Tu despacho no es poca cosa; simplemente no era lo mío entonces. HOMBRE: Entonces hagamos algo. Cuando te decidas, platicamos. Un despacho con un pie aquí y experiencia de allá... no sé, medio bonito suena. MUJER: Suena a que me quieres de socia para que te lleve la contabilidad en otro idioma. HOMBRE: También, no te voy a mentir. MUJER: Al menos eres honesto. Déjame termino el aeropuerto y lo platicamos con calma. Pero no prometo nada, Diego. HOMBRE: Nunca prometes nada. Por eso cumples.
Sostiene que el prestigio internacional compensa con creces cualquier renuncia de índole personal.
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A continuación, escuchará una conversación entre dos amigos, arquitectos, que tomaron caminos distintos: ella emigró y él se quedó en México. HOMBRE: ¡Renata! No manches, si no fuera por la foto de tu credencial en el celular, no te reconozco. ¿Cuántos años, ocho? MUJER: Nueve, Diego. Desde que presentamos la tesis juntos y juramos que jamás trabajaríamos para nadie. Mira nada más en lo que acabamos. HOMBRE: Oye, yo cumplí mi parte del juramento, ¿eh? Abrí el despacho, doce personas, proyectos por todo el bajío. Tú fuiste la que se rajó y se fue a diseñar terminales ajenas a Róterdam. MUJER: "Rajó"... qué maravilla de vocabulario. Me fui porque aquí, con todo el cariño, iba a pasarme la vida remodelando cocinas y peleando facturas. Allá firmo un aeropuerto que van a cruzar millones de personas. HOMBRE: Millones que jamás sabrán que lo firmaste tú. En un estudio de trescientos, eres un renglón en los créditos. Yo, cada casa que entrego, la familia sabe mi nombre. MUJER: ...Bueno, eso no te lo voy a discutir. Hay días en que sí extraño ver la obra terminada y que alguien te dé las gracias en la cara. Allá soy un correo bien redactado entre otros mil. HOMBRE: ¿Ves? Y encima con un clima que... MUJER: No empieces con el clima. HOMBRE: ...con un clima que te tiene seis meses sin ver el sol. Yo desayuno en la terraza viendo los volcanes. MUJER: Y facturando en pesos, mi amor, no te hagas. Lo que yo gano en un trimestre no lo levantas tú en dos años de remodelar cocinas, para usar tus palabras. HOMBRE: Ahí me diste. No te voy a mentir, hay meses que hago cuentas con la calculadora del celular rezando. Pero es mío. No le rindo cuentas a un comité de socios que nunca pisaron una obra. MUJER: Ese comité, te informo, me acaba de nombrar líder de proyecto. Con equipo, con presupuesto, sin pedir permiso para cada trazo. No todo es la película del genio incomprendido, Diego. HOMBRE: No, si me da gusto, en serio. Siempre fuiste la más terca de la generación... y la más talentosa, para qué nos hacemos. MUJER: Uy, un halago. Apunten la fecha. Mira, ¿te confieso algo? Llevo un año viendo departamentos aquí. Mi mamá ya está grande, y desde allá acompañarla es un chat de voz a las once de la noche. HOMBRE: ¿Regresarías? ¿En serio? MUJER: No a remodelar cocinas, eso tenlo claro. Pero montar algo mío, con lo que aprendí allá... quizá. Lo que no sé es si aguanto volver a pelear por que te paguen a tiempo. HOMBRE: Se pelea, Renata, se pelea. Yo antes juraba que quedarse era lo valiente y largarse era rendirse. Ya no lo veo tan claro. Tú te aventaste sola a un país donde ni el idioma... eso también tiene lo suyo. MUJER: Vaya, el filósofo del bajío evolucionó. Yo tampoco creo ya que quedarse sea conformarse. Tu despacho no es poca cosa; simplemente no era lo mío entonces. HOMBRE: Entonces hagamos algo. Cuando te decidas, platicamos. Un despacho con un pie aquí y experiencia de allá... no sé, medio bonito suena. MUJER: Suena a que me quieres de socia para que te lleve la contabilidad en otro idioma. HOMBRE: También, no te voy a mentir. MUJER: Al menos eres honesto. Déjame termino el aeropuerto y lo platicamos con calma. Pero no prometo nada, Diego. HOMBRE: Nunca prometes nada. Por eso cumples.
Confiesa que ya no considera que emigrar equivalga a haberse rendido.
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A continuación, escuchará una conversación entre dos amigos, arquitectos, que tomaron caminos distintos: ella emigró y él se quedó en México. HOMBRE: ¡Renata! No manches, si no fuera por la foto de tu credencial en el celular, no te reconozco. ¿Cuántos años, ocho? MUJER: Nueve, Diego. Desde que presentamos la tesis juntos y juramos que jamás trabajaríamos para nadie. Mira nada más en lo que acabamos. HOMBRE: Oye, yo cumplí mi parte del juramento, ¿eh? Abrí el despacho, doce personas, proyectos por todo el bajío. Tú fuiste la que se rajó y se fue a diseñar terminales ajenas a Róterdam. MUJER: "Rajó"... qué maravilla de vocabulario. Me fui porque aquí, con todo el cariño, iba a pasarme la vida remodelando cocinas y peleando facturas. Allá firmo un aeropuerto que van a cruzar millones de personas. HOMBRE: Millones que jamás sabrán que lo firmaste tú. En un estudio de trescientos, eres un renglón en los créditos. Yo, cada casa que entrego, la familia sabe mi nombre. MUJER: ...Bueno, eso no te lo voy a discutir. Hay días en que sí extraño ver la obra terminada y que alguien te dé las gracias en la cara. Allá soy un correo bien redactado entre otros mil. HOMBRE: ¿Ves? Y encima con un clima que... MUJER: No empieces con el clima. HOMBRE: ...con un clima que te tiene seis meses sin ver el sol. Yo desayuno en la terraza viendo los volcanes. MUJER: Y facturando en pesos, mi amor, no te hagas. Lo que yo gano en un trimestre no lo levantas tú en dos años de remodelar cocinas, para usar tus palabras. HOMBRE: Ahí me diste. No te voy a mentir, hay meses que hago cuentas con la calculadora del celular rezando. Pero es mío. No le rindo cuentas a un comité de socios que nunca pisaron una obra. MUJER: Ese comité, te informo, me acaba de nombrar líder de proyecto. Con equipo, con presupuesto, sin pedir permiso para cada trazo. No todo es la película del genio incomprendido, Diego. HOMBRE: No, si me da gusto, en serio. Siempre fuiste la más terca de la generación... y la más talentosa, para qué nos hacemos. MUJER: Uy, un halago. Apunten la fecha. Mira, ¿te confieso algo? Llevo un año viendo departamentos aquí. Mi mamá ya está grande, y desde allá acompañarla es un chat de voz a las once de la noche. HOMBRE: ¿Regresarías? ¿En serio? MUJER: No a remodelar cocinas, eso tenlo claro. Pero montar algo mío, con lo que aprendí allá... quizá. Lo que no sé es si aguanto volver a pelear por que te paguen a tiempo. HOMBRE: Se pelea, Renata, se pelea. Yo antes juraba que quedarse era lo valiente y largarse era rendirse. Ya no lo veo tan claro. Tú te aventaste sola a un país donde ni el idioma... eso también tiene lo suyo. MUJER: Vaya, el filósofo del bajío evolucionó. Yo tampoco creo ya que quedarse sea conformarse. Tu despacho no es poca cosa; simplemente no era lo mío entonces. HOMBRE: Entonces hagamos algo. Cuando te decidas, platicamos. Un despacho con un pie aquí y experiencia de allá... no sé, medio bonito suena. MUJER: Suena a que me quieres de socia para que te lleve la contabilidad en otro idioma. HOMBRE: También, no te voy a mentir. MUJER: Al menos eres honesto. Déjame termino el aeropuerto y lo platicamos con calma. Pero no prometo nada, Diego. HOMBRE: Nunca prometes nada. Por eso cumples.
Sopesa volver a su país por la edad de su madre, aunque no a cualquier trabajo.
Tarea 6
An interview heard twice; answer six questions (39 to 44) with a, b or c.
An interview, played twice, and questions numbered 39 to 44 with options a, b and c. The instruction allows one minute to read the questions first.
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A continuación, escuchará una entrevista a Leonor Quintanilla, física de partículas que a los cincuenta y ocho años dejó el laboratorio para fundar una editorial de ensayo. ENTREVISTADOR: Doctora Quintanilla, buenas tardes. Usted pasó casi treinta años en un acelerador de partículas y hoy dirige una editorial de ensayo. Imagino que llegó un momento en que la ciencia dejó de darle respuestas. ENTREVISTADA: Buenas tardes. Mire, le voy a corregir la premisa, con todo el cariño: la ciencia nunca dejó de darme respuestas. El problema es que empezó a darme demasiadas y todas medían lo mismo. Uno pasa veinte años afinando la sexta cifra decimal de una constante y una mañana, en el estacionamiento, junto al carro, con el celular en la mano, se pregunta a quién le va a platicar eso en la cena. A mis colegas, claro. Pero mis colegas ya lo sabían. No me fui porque la física se quedara sin preguntas; me fui porque yo me quedé sin ganas de hacerle siempre la misma. ENTREVISTADOR: Y eligió la edición. Hay quien diría que es un salto al vacío. ENTREVISTADA: Un salto al vacío sería haberme puesto a vender seguros, y ahí sí me hubiera ido de maravilla, porque nadie confía tanto como en una señora con doctorado. No, la edición fue un paso lateral. Yo llevaba treinta años haciendo la chamba de corregir artículos de becarios sin cobrar un peso; lo único que cambió es que ahora los autores me firman un contrato y me contestan los correos. A veces. ENTREVISTADOR: Sin embargo, la editorial nació con un catálogo bastante ambicioso: cuarenta títulos en tres años. ENTREVISTADA: Cuarenta títulos, sí, y yo no sabía ni lo que era un ISBN. Le voy a confesar algo que no he dicho en público: el primer año cometí todos los errores que existen y uno que inventé yo. Imprimí tres mil ejemplares de un ensayo sobre la vergüenza que vendió doscientos, y tuve que guardar las cajas en el departamento de mi hermana, en Coyoacán. Todavía las tiene. Cuando sus hijos se sientan a hacer la tarea, se sientan sobre mi orgullo. Pero aprendí más de esas cajas que de cualquier congreso. ENTREVISTADOR: ¿Y extraña el laboratorio? ENTREVISTADA: Extraño el ruido de las máquinas, que es un ruido sin opinión. Los libros, en cambio, opinan todos, y a todas horas. Lo que no extraño ni un poquito son las reuniones de comité para decidir el color de la portada del informe anual. Ahora tengo reuniones de comité para decidir el color de la portada de un libro, que es exactamente lo mismo, pero como el comité soy yo sola con mi computadora, las reuniones duran menos y las gano siempre. ENTREVISTADOR: Hay quien sostiene que un científico no puede editar literatura porque le falta oído. ENTREVISTADA: Eso mismo me lo dijo un colega el día de mi despedida, con una copa en la mano, y le contesté que tenía toda la razón, que treinta años leyendo ecuaciones lo dejan a uno sordo para siempre. Se fue muy contento. Al año siguiente me mandó un manuscrito. Mire, el oído no es un órgano que se compra en la facultad de letras. Yo aprendí a escuchar un texto en los seminarios, donde si una frase sobra alguien se lo dice a uno antes de que termine de decirla. Lo que sí no tenía, y sigo sin tener, es paciencia con los adjetivos. Un autor me mandó un párrafo con doce; le regresé el párrafo con dos y una nota que decía: «los otros diez están en el laboratorio, midiéndose». ENTREVISTADOR: Para terminar: ¿qué les diría a quienes nos escuchan y piensan en cambiar de rumbo a los cincuenta o sesenta años? ENTREVISTADA: Que no me hagan caso. Yo no soy un ejemplo; soy una física que se cansó y tuvo la suerte de tener una hermana con un departamento grande. Pero sí les diría una cosa, si ustedes me lo permiten: el miedo a empezar tarde es, en el fondo, miedo a que los demás se den cuenta de que uno no sabe. Pues a mí me lo notaron desde el primer día, y nadie se murió. Lo que sí se muere, y despacito, es la gente que se queda en un lugar por miedo a parecer principiante. Yo prefiero parecerlo. Sale más barato que las cajas.
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A continuación, escuchará una entrevista a Leonor Quintanilla, física de partículas que a los cincuenta y ocho años dejó el laboratorio para fundar una editorial de ensayo. ENTREVISTADOR: Doctora Quintanilla, buenas tardes. Usted pasó casi treinta años en un acelerador de partículas y hoy dirige una editorial de ensayo. Imagino que llegó un momento en que la ciencia dejó de darle respuestas. ENTREVISTADA: Buenas tardes. Mire, le voy a corregir la premisa, con todo el cariño: la ciencia nunca dejó de darme respuestas. El problema es que empezó a darme demasiadas y todas medían lo mismo. Uno pasa veinte años afinando la sexta cifra decimal de una constante y una mañana, en el estacionamiento, junto al carro, con el celular en la mano, se pregunta a quién le va a platicar eso en la cena. A mis colegas, claro. Pero mis colegas ya lo sabían. No me fui porque la física se quedara sin preguntas; me fui porque yo me quedé sin ganas de hacerle siempre la misma. ENTREVISTADOR: Y eligió la edición. Hay quien diría que es un salto al vacío. ENTREVISTADA: Un salto al vacío sería haberme puesto a vender seguros, y ahí sí me hubiera ido de maravilla, porque nadie confía tanto como en una señora con doctorado. No, la edición fue un paso lateral. Yo llevaba treinta años haciendo la chamba de corregir artículos de becarios sin cobrar un peso; lo único que cambió es que ahora los autores me firman un contrato y me contestan los correos. A veces. ENTREVISTADOR: Sin embargo, la editorial nació con un catálogo bastante ambicioso: cuarenta títulos en tres años. ENTREVISTADA: Cuarenta títulos, sí, y yo no sabía ni lo que era un ISBN. Le voy a confesar algo que no he dicho en público: el primer año cometí todos los errores que existen y uno que inventé yo. Imprimí tres mil ejemplares de un ensayo sobre la vergüenza que vendió doscientos, y tuve que guardar las cajas en el departamento de mi hermana, en Coyoacán. Todavía las tiene. Cuando sus hijos se sientan a hacer la tarea, se sientan sobre mi orgullo. Pero aprendí más de esas cajas que de cualquier congreso. ENTREVISTADOR: ¿Y extraña el laboratorio? ENTREVISTADA: Extraño el ruido de las máquinas, que es un ruido sin opinión. Los libros, en cambio, opinan todos, y a todas horas. Lo que no extraño ni un poquito son las reuniones de comité para decidir el color de la portada del informe anual. Ahora tengo reuniones de comité para decidir el color de la portada de un libro, que es exactamente lo mismo, pero como el comité soy yo sola con mi computadora, las reuniones duran menos y las gano siempre. ENTREVISTADOR: Hay quien sostiene que un científico no puede editar literatura porque le falta oído. ENTREVISTADA: Eso mismo me lo dijo un colega el día de mi despedida, con una copa en la mano, y le contesté que tenía toda la razón, que treinta años leyendo ecuaciones lo dejan a uno sordo para siempre. Se fue muy contento. Al año siguiente me mandó un manuscrito. Mire, el oído no es un órgano que se compra en la facultad de letras. Yo aprendí a escuchar un texto en los seminarios, donde si una frase sobra alguien se lo dice a uno antes de que termine de decirla. Lo que sí no tenía, y sigo sin tener, es paciencia con los adjetivos. Un autor me mandó un párrafo con doce; le regresé el párrafo con dos y una nota que decía: «los otros diez están en el laboratorio, midiéndose». ENTREVISTADOR: Para terminar: ¿qué les diría a quienes nos escuchan y piensan en cambiar de rumbo a los cincuenta o sesenta años? ENTREVISTADA: Que no me hagan caso. Yo no soy un ejemplo; soy una física que se cansó y tuvo la suerte de tener una hermana con un departamento grande. Pero sí les diría una cosa, si ustedes me lo permiten: el miedo a empezar tarde es, en el fondo, miedo a que los demás se den cuenta de que uno no sabe. Pues a mí me lo notaron desde el primer día, y nadie se murió. Lo que sí se muere, y despacito, es la gente que se queda en un lugar por miedo a parecer principiante. Yo prefiero parecerlo. Sale más barato que las cajas.
Ante la premisa con la que abre el entrevistador, la científica…
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A continuación, escuchará una entrevista a Leonor Quintanilla, física de partículas que a los cincuenta y ocho años dejó el laboratorio para fundar una editorial de ensayo. ENTREVISTADOR: Doctora Quintanilla, buenas tardes. Usted pasó casi treinta años en un acelerador de partículas y hoy dirige una editorial de ensayo. Imagino que llegó un momento en que la ciencia dejó de darle respuestas. ENTREVISTADA: Buenas tardes. Mire, le voy a corregir la premisa, con todo el cariño: la ciencia nunca dejó de darme respuestas. El problema es que empezó a darme demasiadas y todas medían lo mismo. Uno pasa veinte años afinando la sexta cifra decimal de una constante y una mañana, en el estacionamiento, junto al carro, con el celular en la mano, se pregunta a quién le va a platicar eso en la cena. A mis colegas, claro. Pero mis colegas ya lo sabían. No me fui porque la física se quedara sin preguntas; me fui porque yo me quedé sin ganas de hacerle siempre la misma. ENTREVISTADOR: Y eligió la edición. Hay quien diría que es un salto al vacío. ENTREVISTADA: Un salto al vacío sería haberme puesto a vender seguros, y ahí sí me hubiera ido de maravilla, porque nadie confía tanto como en una señora con doctorado. No, la edición fue un paso lateral. Yo llevaba treinta años haciendo la chamba de corregir artículos de becarios sin cobrar un peso; lo único que cambió es que ahora los autores me firman un contrato y me contestan los correos. A veces. ENTREVISTADOR: Sin embargo, la editorial nació con un catálogo bastante ambicioso: cuarenta títulos en tres años. ENTREVISTADA: Cuarenta títulos, sí, y yo no sabía ni lo que era un ISBN. Le voy a confesar algo que no he dicho en público: el primer año cometí todos los errores que existen y uno que inventé yo. Imprimí tres mil ejemplares de un ensayo sobre la vergüenza que vendió doscientos, y tuve que guardar las cajas en el departamento de mi hermana, en Coyoacán. Todavía las tiene. Cuando sus hijos se sientan a hacer la tarea, se sientan sobre mi orgullo. Pero aprendí más de esas cajas que de cualquier congreso. ENTREVISTADOR: ¿Y extraña el laboratorio? ENTREVISTADA: Extraño el ruido de las máquinas, que es un ruido sin opinión. Los libros, en cambio, opinan todos, y a todas horas. Lo que no extraño ni un poquito son las reuniones de comité para decidir el color de la portada del informe anual. Ahora tengo reuniones de comité para decidir el color de la portada de un libro, que es exactamente lo mismo, pero como el comité soy yo sola con mi computadora, las reuniones duran menos y las gano siempre. ENTREVISTADOR: Hay quien sostiene que un científico no puede editar literatura porque le falta oído. ENTREVISTADA: Eso mismo me lo dijo un colega el día de mi despedida, con una copa en la mano, y le contesté que tenía toda la razón, que treinta años leyendo ecuaciones lo dejan a uno sordo para siempre. Se fue muy contento. Al año siguiente me mandó un manuscrito. Mire, el oído no es un órgano que se compra en la facultad de letras. Yo aprendí a escuchar un texto en los seminarios, donde si una frase sobra alguien se lo dice a uno antes de que termine de decirla. Lo que sí no tenía, y sigo sin tener, es paciencia con los adjetivos. Un autor me mandó un párrafo con doce; le regresé el párrafo con dos y una nota que decía: «los otros diez están en el laboratorio, midiéndose». ENTREVISTADOR: Para terminar: ¿qué les diría a quienes nos escuchan y piensan en cambiar de rumbo a los cincuenta o sesenta años? ENTREVISTADA: Que no me hagan caso. Yo no soy un ejemplo; soy una física que se cansó y tuvo la suerte de tener una hermana con un departamento grande. Pero sí les diría una cosa, si ustedes me lo permiten: el miedo a empezar tarde es, en el fondo, miedo a que los demás se den cuenta de que uno no sabe. Pues a mí me lo notaron desde el primer día, y nadie se murió. Lo que sí se muere, y despacito, es la gente que se queda en un lugar por miedo a parecer principiante. Yo prefiero parecerlo. Sale más barato que las cajas.
Cuando se habla de un salto al vacío, la entrevistada…
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A continuación, escuchará una entrevista a Leonor Quintanilla, física de partículas que a los cincuenta y ocho años dejó el laboratorio para fundar una editorial de ensayo. ENTREVISTADOR: Doctora Quintanilla, buenas tardes. Usted pasó casi treinta años en un acelerador de partículas y hoy dirige una editorial de ensayo. Imagino que llegó un momento en que la ciencia dejó de darle respuestas. ENTREVISTADA: Buenas tardes. Mire, le voy a corregir la premisa, con todo el cariño: la ciencia nunca dejó de darme respuestas. El problema es que empezó a darme demasiadas y todas medían lo mismo. Uno pasa veinte años afinando la sexta cifra decimal de una constante y una mañana, en el estacionamiento, junto al carro, con el celular en la mano, se pregunta a quién le va a platicar eso en la cena. A mis colegas, claro. Pero mis colegas ya lo sabían. No me fui porque la física se quedara sin preguntas; me fui porque yo me quedé sin ganas de hacerle siempre la misma. ENTREVISTADOR: Y eligió la edición. Hay quien diría que es un salto al vacío. ENTREVISTADA: Un salto al vacío sería haberme puesto a vender seguros, y ahí sí me hubiera ido de maravilla, porque nadie confía tanto como en una señora con doctorado. No, la edición fue un paso lateral. Yo llevaba treinta años haciendo la chamba de corregir artículos de becarios sin cobrar un peso; lo único que cambió es que ahora los autores me firman un contrato y me contestan los correos. A veces. ENTREVISTADOR: Sin embargo, la editorial nació con un catálogo bastante ambicioso: cuarenta títulos en tres años. ENTREVISTADA: Cuarenta títulos, sí, y yo no sabía ni lo que era un ISBN. Le voy a confesar algo que no he dicho en público: el primer año cometí todos los errores que existen y uno que inventé yo. Imprimí tres mil ejemplares de un ensayo sobre la vergüenza que vendió doscientos, y tuve que guardar las cajas en el departamento de mi hermana, en Coyoacán. Todavía las tiene. Cuando sus hijos se sientan a hacer la tarea, se sientan sobre mi orgullo. Pero aprendí más de esas cajas que de cualquier congreso. ENTREVISTADOR: ¿Y extraña el laboratorio? ENTREVISTADA: Extraño el ruido de las máquinas, que es un ruido sin opinión. Los libros, en cambio, opinan todos, y a todas horas. Lo que no extraño ni un poquito son las reuniones de comité para decidir el color de la portada del informe anual. Ahora tengo reuniones de comité para decidir el color de la portada de un libro, que es exactamente lo mismo, pero como el comité soy yo sola con mi computadora, las reuniones duran menos y las gano siempre. ENTREVISTADOR: Hay quien sostiene que un científico no puede editar literatura porque le falta oído. ENTREVISTADA: Eso mismo me lo dijo un colega el día de mi despedida, con una copa en la mano, y le contesté que tenía toda la razón, que treinta años leyendo ecuaciones lo dejan a uno sordo para siempre. Se fue muy contento. Al año siguiente me mandó un manuscrito. Mire, el oído no es un órgano que se compra en la facultad de letras. Yo aprendí a escuchar un texto en los seminarios, donde si una frase sobra alguien se lo dice a uno antes de que termine de decirla. Lo que sí no tenía, y sigo sin tener, es paciencia con los adjetivos. Un autor me mandó un párrafo con doce; le regresé el párrafo con dos y una nota que decía: «los otros diez están en el laboratorio, midiéndose». ENTREVISTADOR: Para terminar: ¿qué les diría a quienes nos escuchan y piensan en cambiar de rumbo a los cincuenta o sesenta años? ENTREVISTADA: Que no me hagan caso. Yo no soy un ejemplo; soy una física que se cansó y tuvo la suerte de tener una hermana con un departamento grande. Pero sí les diría una cosa, si ustedes me lo permiten: el miedo a empezar tarde es, en el fondo, miedo a que los demás se den cuenta de que uno no sabe. Pues a mí me lo notaron desde el primer día, y nadie se murió. Lo que sí se muere, y despacito, es la gente que se queda en un lugar por miedo a parecer principiante. Yo prefiero parecerlo. Sale más barato que las cajas.
Al referirse a los primeros años de la editorial, la editora…
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A continuación, escuchará una entrevista a Leonor Quintanilla, física de partículas que a los cincuenta y ocho años dejó el laboratorio para fundar una editorial de ensayo. ENTREVISTADOR: Doctora Quintanilla, buenas tardes. Usted pasó casi treinta años en un acelerador de partículas y hoy dirige una editorial de ensayo. Imagino que llegó un momento en que la ciencia dejó de darle respuestas. ENTREVISTADA: Buenas tardes. Mire, le voy a corregir la premisa, con todo el cariño: la ciencia nunca dejó de darme respuestas. El problema es que empezó a darme demasiadas y todas medían lo mismo. Uno pasa veinte años afinando la sexta cifra decimal de una constante y una mañana, en el estacionamiento, junto al carro, con el celular en la mano, se pregunta a quién le va a platicar eso en la cena. A mis colegas, claro. Pero mis colegas ya lo sabían. No me fui porque la física se quedara sin preguntas; me fui porque yo me quedé sin ganas de hacerle siempre la misma. ENTREVISTADOR: Y eligió la edición. Hay quien diría que es un salto al vacío. ENTREVISTADA: Un salto al vacío sería haberme puesto a vender seguros, y ahí sí me hubiera ido de maravilla, porque nadie confía tanto como en una señora con doctorado. No, la edición fue un paso lateral. Yo llevaba treinta años haciendo la chamba de corregir artículos de becarios sin cobrar un peso; lo único que cambió es que ahora los autores me firman un contrato y me contestan los correos. A veces. ENTREVISTADOR: Sin embargo, la editorial nació con un catálogo bastante ambicioso: cuarenta títulos en tres años. ENTREVISTADA: Cuarenta títulos, sí, y yo no sabía ni lo que era un ISBN. Le voy a confesar algo que no he dicho en público: el primer año cometí todos los errores que existen y uno que inventé yo. Imprimí tres mil ejemplares de un ensayo sobre la vergüenza que vendió doscientos, y tuve que guardar las cajas en el departamento de mi hermana, en Coyoacán. Todavía las tiene. Cuando sus hijos se sientan a hacer la tarea, se sientan sobre mi orgullo. Pero aprendí más de esas cajas que de cualquier congreso. ENTREVISTADOR: ¿Y extraña el laboratorio? ENTREVISTADA: Extraño el ruido de las máquinas, que es un ruido sin opinión. Los libros, en cambio, opinan todos, y a todas horas. Lo que no extraño ni un poquito son las reuniones de comité para decidir el color de la portada del informe anual. Ahora tengo reuniones de comité para decidir el color de la portada de un libro, que es exactamente lo mismo, pero como el comité soy yo sola con mi computadora, las reuniones duran menos y las gano siempre. ENTREVISTADOR: Hay quien sostiene que un científico no puede editar literatura porque le falta oído. ENTREVISTADA: Eso mismo me lo dijo un colega el día de mi despedida, con una copa en la mano, y le contesté que tenía toda la razón, que treinta años leyendo ecuaciones lo dejan a uno sordo para siempre. Se fue muy contento. Al año siguiente me mandó un manuscrito. Mire, el oído no es un órgano que se compra en la facultad de letras. Yo aprendí a escuchar un texto en los seminarios, donde si una frase sobra alguien se lo dice a uno antes de que termine de decirla. Lo que sí no tenía, y sigo sin tener, es paciencia con los adjetivos. Un autor me mandó un párrafo con doce; le regresé el párrafo con dos y una nota que decía: «los otros diez están en el laboratorio, midiéndose». ENTREVISTADOR: Para terminar: ¿qué les diría a quienes nos escuchan y piensan en cambiar de rumbo a los cincuenta o sesenta años? ENTREVISTADA: Que no me hagan caso. Yo no soy un ejemplo; soy una física que se cansó y tuvo la suerte de tener una hermana con un departamento grande. Pero sí les diría una cosa, si ustedes me lo permiten: el miedo a empezar tarde es, en el fondo, miedo a que los demás se den cuenta de que uno no sabe. Pues a mí me lo notaron desde el primer día, y nadie se murió. Lo que sí se muere, y despacito, es la gente que se queda en un lugar por miedo a parecer principiante. Yo prefiero parecerlo. Sale más barato que las cajas.
Sobre su forma actual de trabajar, la entrevistada da a entender que…
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A continuación, escuchará una entrevista a Leonor Quintanilla, física de partículas que a los cincuenta y ocho años dejó el laboratorio para fundar una editorial de ensayo. ENTREVISTADOR: Doctora Quintanilla, buenas tardes. Usted pasó casi treinta años en un acelerador de partículas y hoy dirige una editorial de ensayo. Imagino que llegó un momento en que la ciencia dejó de darle respuestas. ENTREVISTADA: Buenas tardes. Mire, le voy a corregir la premisa, con todo el cariño: la ciencia nunca dejó de darme respuestas. El problema es que empezó a darme demasiadas y todas medían lo mismo. Uno pasa veinte años afinando la sexta cifra decimal de una constante y una mañana, en el estacionamiento, junto al carro, con el celular en la mano, se pregunta a quién le va a platicar eso en la cena. A mis colegas, claro. Pero mis colegas ya lo sabían. No me fui porque la física se quedara sin preguntas; me fui porque yo me quedé sin ganas de hacerle siempre la misma. ENTREVISTADOR: Y eligió la edición. Hay quien diría que es un salto al vacío. ENTREVISTADA: Un salto al vacío sería haberme puesto a vender seguros, y ahí sí me hubiera ido de maravilla, porque nadie confía tanto como en una señora con doctorado. No, la edición fue un paso lateral. Yo llevaba treinta años haciendo la chamba de corregir artículos de becarios sin cobrar un peso; lo único que cambió es que ahora los autores me firman un contrato y me contestan los correos. A veces. ENTREVISTADOR: Sin embargo, la editorial nació con un catálogo bastante ambicioso: cuarenta títulos en tres años. ENTREVISTADA: Cuarenta títulos, sí, y yo no sabía ni lo que era un ISBN. Le voy a confesar algo que no he dicho en público: el primer año cometí todos los errores que existen y uno que inventé yo. Imprimí tres mil ejemplares de un ensayo sobre la vergüenza que vendió doscientos, y tuve que guardar las cajas en el departamento de mi hermana, en Coyoacán. Todavía las tiene. Cuando sus hijos se sientan a hacer la tarea, se sientan sobre mi orgullo. Pero aprendí más de esas cajas que de cualquier congreso. ENTREVISTADOR: ¿Y extraña el laboratorio? ENTREVISTADA: Extraño el ruido de las máquinas, que es un ruido sin opinión. Los libros, en cambio, opinan todos, y a todas horas. Lo que no extraño ni un poquito son las reuniones de comité para decidir el color de la portada del informe anual. Ahora tengo reuniones de comité para decidir el color de la portada de un libro, que es exactamente lo mismo, pero como el comité soy yo sola con mi computadora, las reuniones duran menos y las gano siempre. ENTREVISTADOR: Hay quien sostiene que un científico no puede editar literatura porque le falta oído. ENTREVISTADA: Eso mismo me lo dijo un colega el día de mi despedida, con una copa en la mano, y le contesté que tenía toda la razón, que treinta años leyendo ecuaciones lo dejan a uno sordo para siempre. Se fue muy contento. Al año siguiente me mandó un manuscrito. Mire, el oído no es un órgano que se compra en la facultad de letras. Yo aprendí a escuchar un texto en los seminarios, donde si una frase sobra alguien se lo dice a uno antes de que termine de decirla. Lo que sí no tenía, y sigo sin tener, es paciencia con los adjetivos. Un autor me mandó un párrafo con doce; le regresé el párrafo con dos y una nota que decía: «los otros diez están en el laboratorio, midiéndose». ENTREVISTADOR: Para terminar: ¿qué les diría a quienes nos escuchan y piensan en cambiar de rumbo a los cincuenta o sesenta años? ENTREVISTADA: Que no me hagan caso. Yo no soy un ejemplo; soy una física que se cansó y tuvo la suerte de tener una hermana con un departamento grande. Pero sí les diría una cosa, si ustedes me lo permiten: el miedo a empezar tarde es, en el fondo, miedo a que los demás se den cuenta de que uno no sabe. Pues a mí me lo notaron desde el primer día, y nadie se murió. Lo que sí se muere, y despacito, es la gente que se queda en un lugar por miedo a parecer principiante. Yo prefiero parecerlo. Sale más barato que las cajas.
Al recordar el comentario de un colega en su despedida, la científica…
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A continuación, escuchará una entrevista a Leonor Quintanilla, física de partículas que a los cincuenta y ocho años dejó el laboratorio para fundar una editorial de ensayo. ENTREVISTADOR: Doctora Quintanilla, buenas tardes. Usted pasó casi treinta años en un acelerador de partículas y hoy dirige una editorial de ensayo. Imagino que llegó un momento en que la ciencia dejó de darle respuestas. ENTREVISTADA: Buenas tardes. Mire, le voy a corregir la premisa, con todo el cariño: la ciencia nunca dejó de darme respuestas. El problema es que empezó a darme demasiadas y todas medían lo mismo. Uno pasa veinte años afinando la sexta cifra decimal de una constante y una mañana, en el estacionamiento, junto al carro, con el celular en la mano, se pregunta a quién le va a platicar eso en la cena. A mis colegas, claro. Pero mis colegas ya lo sabían. No me fui porque la física se quedara sin preguntas; me fui porque yo me quedé sin ganas de hacerle siempre la misma. ENTREVISTADOR: Y eligió la edición. Hay quien diría que es un salto al vacío. ENTREVISTADA: Un salto al vacío sería haberme puesto a vender seguros, y ahí sí me hubiera ido de maravilla, porque nadie confía tanto como en una señora con doctorado. No, la edición fue un paso lateral. Yo llevaba treinta años haciendo la chamba de corregir artículos de becarios sin cobrar un peso; lo único que cambió es que ahora los autores me firman un contrato y me contestan los correos. A veces. ENTREVISTADOR: Sin embargo, la editorial nació con un catálogo bastante ambicioso: cuarenta títulos en tres años. ENTREVISTADA: Cuarenta títulos, sí, y yo no sabía ni lo que era un ISBN. Le voy a confesar algo que no he dicho en público: el primer año cometí todos los errores que existen y uno que inventé yo. Imprimí tres mil ejemplares de un ensayo sobre la vergüenza que vendió doscientos, y tuve que guardar las cajas en el departamento de mi hermana, en Coyoacán. Todavía las tiene. Cuando sus hijos se sientan a hacer la tarea, se sientan sobre mi orgullo. Pero aprendí más de esas cajas que de cualquier congreso. ENTREVISTADOR: ¿Y extraña el laboratorio? ENTREVISTADA: Extraño el ruido de las máquinas, que es un ruido sin opinión. Los libros, en cambio, opinan todos, y a todas horas. Lo que no extraño ni un poquito son las reuniones de comité para decidir el color de la portada del informe anual. Ahora tengo reuniones de comité para decidir el color de la portada de un libro, que es exactamente lo mismo, pero como el comité soy yo sola con mi computadora, las reuniones duran menos y las gano siempre. ENTREVISTADOR: Hay quien sostiene que un científico no puede editar literatura porque le falta oído. ENTREVISTADA: Eso mismo me lo dijo un colega el día de mi despedida, con una copa en la mano, y le contesté que tenía toda la razón, que treinta años leyendo ecuaciones lo dejan a uno sordo para siempre. Se fue muy contento. Al año siguiente me mandó un manuscrito. Mire, el oído no es un órgano que se compra en la facultad de letras. Yo aprendí a escuchar un texto en los seminarios, donde si una frase sobra alguien se lo dice a uno antes de que termine de decirla. Lo que sí no tenía, y sigo sin tener, es paciencia con los adjetivos. Un autor me mandó un párrafo con doce; le regresé el párrafo con dos y una nota que decía: «los otros diez están en el laboratorio, midiéndose». ENTREVISTADOR: Para terminar: ¿qué les diría a quienes nos escuchan y piensan en cambiar de rumbo a los cincuenta o sesenta años? ENTREVISTADA: Que no me hagan caso. Yo no soy un ejemplo; soy una física que se cansó y tuvo la suerte de tener una hermana con un departamento grande. Pero sí les diría una cosa, si ustedes me lo permiten: el miedo a empezar tarde es, en el fondo, miedo a que los demás se den cuenta de que uno no sabe. Pues a mí me lo notaron desde el primer día, y nadie se murió. Lo que sí se muere, y despacito, es la gente que se queda en un lugar por miedo a parecer principiante. Yo prefiero parecerlo. Sale más barato que las cajas.
Con su consejo final, la entrevistada pretende que los oyentes entiendan que…
Tarea 7
Eight people, each heard twice; match the attitude each expresses to eight of twelve.
Twelve statements labelled A to L and eight people (45 to 52), each heard twice.
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Persona 1 Me ofrecen la plaza en la escuela del pueblo y todos dan por hecho que voy a dar saltos de alegría. Yo primero echo cuentas: el sueldo, lo que gasto en gasolina, si encuentro casa por menos de lo que pago ahora. Si el balance cuadra, firmo. Si no, gracias y hasta otra.
Persona 1
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Persona 2 ¿La 'vuelta al campo'? Por favor. Cuatro urbanitas con jerséis de lino que se compran un caserío, plantan dos tomates y ya escriben sus memorias como si hubieran descubierto la agricultura. Y a eso quieren dedicarle un congreso. Que le dediquen lo que quieran; yo no pienso perder la tarde escuchándolo.
Persona 2
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Persona 3 Cada vez que transcribo aquellas nanas, veo las manos de las abuelas del pueblo, arrugadas y calentitas, enseñándome a mí, una cría de ciudad. Me llamaban 'mi niña' y me guardaban higos secos en el delantal. Todavía conservo su voz cansada dentro del ordenador, como quien guarda un tesoro pequeñito.
Persona 3
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Persona 4 Este otoño llegan tres familias jóvenes al pueblo, y la universidad va a estudiar cómo asentarlas. No sé si saldrá bien, pero por primera vez en años vuelvo a imaginarme la escuela abierta y a los niños en la plaza. Ojalá cuaje. A lo mejor esto es el principio de algo.
Persona 4
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Persona 5 Miro el listado del nuevo callejero y no doy con la lógica. Han quitado a poetas del pueblo para poner fechas que no le dicen nada a nadie, y a un botánico ilustre lo mandan a un callejón sin salida. ¿Bajo qué criterio? Lo leo tres veces y sigo sin encontrarle ni pies ni cabeza.
Persona 5
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Persona 6 ¿El premio nacional? Mire, cualquiera de mi equipo lo habría hecho igual o mejor; a mí me tocó firmar, nada más. La idea buena fue de una becaria, y los datos los recogió medio departamento. Yo puse un poco de orden y ya. No sé ni por qué me llaman a mí para la foto.
Persona 6
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Persona 7 A Xiana le han dado la beca para pasar dos años en los valles del norte, documentando a los últimos pastores. Dos años cobrando por hacer justo lo que yo llevo soñando desde la carrera. Y mientras, yo aquí, corrigiendo exámenes en un aula sin ventanas. Hay quien nace con una flor en el culo.
Persona 7
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Persona 8 Han cerrado el archivo de historia agraria. Doce años vaciando cajas, ordenando escrituras de labranza, y ahora todo va a un depósito que no visitará nadie. Ya ni me molesto en reclamar. Me levanto, doy mi clase, vuelvo a casa. Para qué. Cuesta hasta encontrarle sentido a seguir madrugando.
Persona 8
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