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Mastery

DELE C2 reading practice questions

26 DELE C2 reading questions with the answer to each one, tarea by tarea in the order the DELE paper asks them. They come from the same reviewed bank as the mock exams on this site, and none of them appears on a paper you can sit here, so working through these spends nothing.

Compared with DELE C1, the CEFR band moves from C1 to C2, the paper runs 275 minutes instead of 240, it asks 58 questions and tasks instead of 75. On the paper itself, the tareas go from 14 to 13, the longest writing task rises from 250 words to 450, the result is decided in 3 groups instead of 2.

DELE · Comprensión de lectura (Prueba 1, tareas 1-3) · 26 questions with answers · free to read, no account

Free

Tarea 1

A text with twelve gaps (1 to 12), each completed by choosing a, b or c.

A text with twelve gaps numbered 1 to 12, each offering three options, a, b and c.

El derecho del forastero Ignacio Belmonte, «Travesías de la hospitalidad» (ensayo) Ninguna civilización antigua concibió al extranjero sin un estremecimiento de temor, y sin embargo casi todas erigieron su acogida en deber sagrado. En el huésped que cruzaba el umbral no había, para quien sabía descifrar los signos del rito, el menor [1] de hostilidad: bajo el nombre de xenía, los griegos amparaban al caminante desconocido y sentaban al mendigo a su mesa sin que su sola presencia [2] pábulo alguno a la sospecha. Zeus, recordaban, viajaba a veces disfrazado de pordiosero, y quien cerraba la puerta se arriesgaba a ofender a un dios. Cuando Roma se derrumbó y el orden que había garantizado los caminos acabó por [3], aquel deber emigró a los monasterios. En el silencio nocturno del claustro, mientras el peregrino dormía, apenas se oía el [4] de la leña en el hogar. El abad acogía al caminante [5] su propia penuria, repartiendo el pan que faltaba a los suyos; y para justificar tan porfiada largueza [6] la vieja ley del desierto, según la cual negar el agua al sediento equivalía a negarle la vida. El gesto podía parecer ruinoso para la despensa; [7], sembraba una deuda moral que ninguna moneda saldaba. Así se forjó la figura del anfitrión [8], que jamás preguntaba el nombre ni el origen de quien llamaba a su puerta. Con el paso de los siglos, aquella costumbre no escrita se erigió en [9] de los desamparados, más firme que cualquier edicto real. Su raíz era, en última instancia, desinteresada. Puesto que el menesteroso nada podía devolver y ninguna correspondencia cabía esperar, la acogida era pura [10]: un don sin cálculo ni promesa de retorno. A cambio, el pobre no ofrecía sino su presencia agradecida; recibía a su bienhechor con una sonrisa apenas [11] y, al partir, desgranaba un [12] de bendiciones sobre la casa que lo había cobijado. En esa asimetría —quien nada tiene honrando a quien todo lo da— reside, acaso, la más honda lección de la hospitalidad: que el umbral, cuando se abre sin condiciones, mide la talla moral de un pueblo entero.
1

1

Aremanso
Batisboanswer
Ctraza
2

2

Aconcediera
Bprestara
Cdieraanswer
3

3

Adesmoronarseanswer
Bamustiarse
Cdesmadejarse
4

4

Atintineo
Bmurmullo
Ccrepitaranswer
5

5

Aen menoscabo de
Ba despecho deanswer
Cen virtud de
6

6

Aespetaba
Binvocabaanswer
Cprofería
7

7

Aentretanto
Bde resultas
Ccon todoanswer
8

8

Acondescendiente
Badusto
Cincondicionalanswer
9

9

Aapoderado
Bpaladínanswer
Calbacea
10

10

Agratuidadanswer
Busura
Creciprocidad
11

11

Aesbozadaanswer
Bencalada
Czurcida
12

12

Arosarioanswer
Bplegaria
Cnovena

Tarea 2

Restore six removed paragraphs (13 to 18) from seven fragments; one is left over.

A text from which six paragraphs have been extracted (gaps 13 to 18), and seven proposed fragments labelled A to G.

Los que hablan por otros Verónica Sandoval / Cuadernos de Oficio Nadie aplaude a un traductor. Su éxito consiste, paradójicamente, en volverse invisible: cuanto mejor hace su trabajo, [13], y el lector jura haber leído directamente al autor extranjero, como si entre él y la página no mediara nadie. Durante un mes visité a tres profesionales que, desde sus departamentos en la Ciudad de México, sostienen un oficio al que la industria editorial paga cada vez peor y, a la vez, elogia cada vez con más solemnidad. Regina Salazar lleva treinta años vertiendo novela rusa al español, oración por oración, con una paciencia de relojera. Me recibe entre diccionarios que ya nadie reimprime y me cuenta que una editorial le propuso hace poco «revisar» una traducción hecha por una máquina. [14]. «Me pagan la tercera parte por corregir algo que tardo más en desenredar que en traducir desde cero, y encima exigen que suene natural», resume, sin rencor pero sin ilusiones, mientras sirve dos tazas de té. Gustavo Vélez subtitula series para las grandes plataformas de streaming y trabaja contra relojes imposibles: [15]. Cada episodio le llega fragmentado, sin contexto, a veces sin saber siquiera quién habla ni a quién, y debe resolver en dos renglones los chistes que un guionista pulió durante semanas en su idioma. Lo que el espectador lee en un parpadeo, y olvida de inmediato, a él le costó una madrugada entera de dudas. Itziar Zamora traduce poesía, que es tanto como decir que se dedica a lo imposible con método. [16], porque un poema no se transporta de una lengua a otra como quien muda un mueble: se vuelve a escribir entero, verso por verso, perdiendo una música y buscándole otra. Vive de dar talleres a jóvenes entusiastas; de los libros, me dice riendo, no ha vivido jamás nadie que solo tradujera versos. Tardé en entender qué podía unir tres historias tan distintas entre sí. [17]: los tres cobran por deshacer la ilusión de que un texto puede pasar intacto de una cultura a otra, y a los tres se los castiga justamente cuando lo consiguen sin que se note el esfuerzo. Cuanto más perfecta es la ilusión, más fácil resulta creer que cualquiera, o cualquier programa barato, podría fabricarla en un instante. Y sin embargo, al releer mis apuntes, desconfío de la conclusión que tan pulcramente había ordenado. [18]. Quizá el oficio no agoniza, sino que muta, como ha mutado siempre desde que alguien tradujo por primera vez una plegaria ajena a un dios nuevo; y quizá el duelo que creí escuchar en sus voces no era el suyo, sino el mío: el de un periodista que sospecha que pronto tampoco a él lo necesitará nadie.
13

13

Amenos se advierte su presencia y más se diluye en la del escritor al que presta su vozanswer
BElla no dice que traduce poemas, sino que los vuelve a escribir en otra lengua con permiso de nadie
CLos intérpretes de cabina, en cambio, traducen en tiempo real y rara vez pueden volver sobre una frase para corregirla
Dle encargan cuarenta minutos de diálogo traducidos, sincronizados y ajustados a caja en una sola madrugada de trabajo
ETal vez romantizo una precariedad que ellos sobrellevan con más ironía que angustia, y confundo su lucidez con derrota
FAceptó el encargo más por curiosidad que por necesidad, y se arrepintió antes de terminar la primera página
GEl denominador común no era la lengua ni el material que vertían, sino una idéntica paradoja que los define
14

14

Amenos se advierte su presencia y más se diluye en la del escritor al que presta su voz
BElla no dice que traduce poemas, sino que los vuelve a escribir en otra lengua con permiso de nadie
CLos intérpretes de cabina, en cambio, traducen en tiempo real y rara vez pueden volver sobre una frase para corregirla
Dle encargan cuarenta minutos de diálogo traducidos, sincronizados y ajustados a caja en una sola madrugada de trabajo
ETal vez romantizo una precariedad que ellos sobrellevan con más ironía que angustia, y confundo su lucidez con derrota
FAceptó el encargo más por curiosidad que por necesidad, y se arrepintió antes de terminar la primera páginaanswer
GEl denominador común no era la lengua ni el material que vertían, sino una idéntica paradoja que los define
15

15

Amenos se advierte su presencia y más se diluye en la del escritor al que presta su voz
BElla no dice que traduce poemas, sino que los vuelve a escribir en otra lengua con permiso de nadie
CLos intérpretes de cabina, en cambio, traducen en tiempo real y rara vez pueden volver sobre una frase para corregirla
Dle encargan cuarenta minutos de diálogo traducidos, sincronizados y ajustados a caja en una sola madrugada de trabajoanswer
ETal vez romantizo una precariedad que ellos sobrellevan con más ironía que angustia, y confundo su lucidez con derrota
FAceptó el encargo más por curiosidad que por necesidad, y se arrepintió antes de terminar la primera página
GEl denominador común no era la lengua ni el material que vertían, sino una idéntica paradoja que los define
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16

Amenos se advierte su presencia y más se diluye en la del escritor al que presta su voz
BElla no dice que traduce poemas, sino que los vuelve a escribir en otra lengua con permiso de nadieanswer
CLos intérpretes de cabina, en cambio, traducen en tiempo real y rara vez pueden volver sobre una frase para corregirla
Dle encargan cuarenta minutos de diálogo traducidos, sincronizados y ajustados a caja en una sola madrugada de trabajo
ETal vez romantizo una precariedad que ellos sobrellevan con más ironía que angustia, y confundo su lucidez con derrota
FAceptó el encargo más por curiosidad que por necesidad, y se arrepintió antes de terminar la primera página
GEl denominador común no era la lengua ni el material que vertían, sino una idéntica paradoja que los define
17

17

Amenos se advierte su presencia y más se diluye en la del escritor al que presta su voz
BElla no dice que traduce poemas, sino que los vuelve a escribir en otra lengua con permiso de nadie
CLos intérpretes de cabina, en cambio, traducen en tiempo real y rara vez pueden volver sobre una frase para corregirla
Dle encargan cuarenta minutos de diálogo traducidos, sincronizados y ajustados a caja en una sola madrugada de trabajo
ETal vez romantizo una precariedad que ellos sobrellevan con más ironía que angustia, y confundo su lucidez con derrota
FAceptó el encargo más por curiosidad que por necesidad, y se arrepintió antes de terminar la primera página
GEl denominador común no era la lengua ni el material que vertían, sino una idéntica paradoja que los defineanswer
18

18

Amenos se advierte su presencia y más se diluye en la del escritor al que presta su voz
BElla no dice que traduce poemas, sino que los vuelve a escribir en otra lengua con permiso de nadie
CLos intérpretes de cabina, en cambio, traducen en tiempo real y rara vez pueden volver sobre una frase para corregirla
Dle encargan cuarenta minutos de diálogo traducidos, sincronizados y ajustados a caja en una sola madrugada de trabajo
ETal vez romantizo una precariedad que ellos sobrellevan con más ironía que angustia, y confundo su lucidez con derrotaanswer
FAceptó el encargo más por curiosidad que por necesidad, y se arrepintió antes de terminar la primera página
GEl denominador común no era la lengua ni el material que vertían, sino una idéntica paradoja que los define

Tarea 3

Match eight statements (19 to 26) to six texts, some of which are used twice or more.

Six texts, A to F, and eight statements numbered 19 to 26 to link to them.

19

Insinúa que la destreza estilística de la obra funciona como pantalla de un contenido afectivamente hueco.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.answer
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.
20

Apela a una vivencia personal del propio reseñista para avalar la sinceridad de los afectos retratados.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.answer
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.
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Concede que el relato peca de moroso, pero justifica ese defecto apelando a la estructura de conjunto.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.answer
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.
22

Apoya su valoración favorable en estadísticas surgidas de un estudio ajeno al terreno literario.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.answer
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.
23

Se respalda en la opinión de un pensador de prestigio para reforzar su condena del libro.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.answer
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.
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Aprecia en la obra su renuncia a resolver el conflicto con un desenlace que tranquilice al lector.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.answer
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Reprocha a la novela que arranque el sentimiento con trucos premeditados antes que con verdadera hondura.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.answer
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.
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Se vale del sarcasmo para ridiculizar el entusiasmo con que fue recibida la obra.

ALa memoria como coartada. Tomás Egaña Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.answer
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.
FVolver sin mapa. Camila Ruiz ¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.

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