Insinúa que la destreza estilística de la obra funciona como pantalla de un contenido afectivamente hueco.
ALa memoria como coartada. Tomás Egaña
Hay novelas que se defienden con el estilo como quien levanta una muralla para que nadie mire adentro. El desván de Adela es una de ellas. Solís escribe frases pulidas, de una elegancia que da envidia, y la crítica ya salió corriendo a aplaudir esa superficie brillante. Pero si te sentás a leerla con calma, descubrís que detrás de tanto lucimiento no late casi nada: la protagonista recorre el departamento de su madre muerta y esperás, en vano, una emoción que nunca llega. Lo que se nos vende como pudor es, en el fondo, frialdad. Confieso que terminé admirando la mano de la autora y sin recordar una sola escena que me haya movido algo por dentro. Qué logro tan curioso: un libro impecable que se olvida apenas uno cierra la tapa. La técnica, acá, no ilumina nada; sirve, apenas, para tapar el vacío.answer
BUn inventario del afecto. Lucía Bertoni
Cuando terminé el libro llamé a mi hermana. Hacía meses que no hablábamos y, sin embargo, me pasé una hora contándole cómo Solís había puesto en palabras eso que nosotras nunca supimos decirnos. El desván de Adela es un inventario del cariño familiar: cada cosa que la protagonista saca de una caja —una bufanda, una foto velada, un llavero— arrastra una historia que cualquiera que haya perdido a una madre reconoce enseguida. No hay trampa acá; hay verdad. Solís no fuerza la lágrima: la deja caer sola, con una honestidad que conmueve. Leí muchas novelas sobre el duelo y pocas me devolvieron, como esta, las ganas de abrazar a los que todavía están. Por eso, más que una obra lograda, me parece una obra necesaria: de esas que te reconcilian con la propia familia y con la memoria de los que ya no están.
CCartografía de una ausencia. Martín Otálora
Conviene decirlo de entrada: hay tramos en los que la novela se demora demasiado, capítulos enteros dedicados a un rincón del departamento que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Sería deshonesto no admitir que el ritmo, por momentos, se arrastra. Y sin embargo, esa lentitud termina siendo el precio de algo mayor. Porque lo que Solís construye es una arquitectura minuciosa: cada capítulo es una habitación, y las habitaciones se conectan por pasillos de recuerdos hasta formar una casa entera hecha de ausencia. Cuando uno llega al último cuarto entiende que ningún desvío sobraba. El plano estaba pensado desde la primera página. Prefiero mil veces una novela que se anima a este diseño ambicioso, aunque tropiece en el andar, antes que una eficaz y sin alma. El desván de Adela cojea, es cierto, pero cojea hacia un lugar que valía la pena alcanzar.
DEl peso de los objetos. Valeria Sancho
Un sondeo reciente del Observatorio de Hábitos Culturales reveló que casi siete de cada diez lectores rioplatenses conservan objetos que ya no usan solo por lo que les recuerdan. Ese dato, que a primera vista parece ajeno a la literatura, explica por qué El desván de Adela toca una fibra tan honda. Solís entendió antes que nadie que la memoria no vive en las ideas sino en las cosas: un peine, una taza descascarada, un boleto de tren guardado durante décadas. La novela convierte ese saber en método y renueva, de paso, un género que parecía agotado. Los porcentajes confirman lo que la autora intuyó: somos lo que atesoramos. Frente a tanta ficción que apuesta a la trama vertiginosa, Solís se detiene en lo mínimo y ahí, justamente, encuentra lo universal. Pocas veces un libro argentino reciente supo leer tan bien a quienes lo leen.
ENostalgia de catálogo. Federico Aramburu
Ya lo advertía el ensayista Julián Peralta: no hay nada más fácil que emocionar con la infancia perdida, porque el lector pone la mitad del sentimiento sin que el autor se esfuerce. El desván de Adela vive de ese atajo. Solís alinea objetos entrañables como quien arma una vidriera de anticuario y aguarda, calculadora, que a cada uno se le humedezcan los ojos. Todo está medido para arrancar el suspiro: la foto justa, la carta justa, la canción justa. Y funciona, claro que funciona, del mismo modo en que funciona una publicidad bien hecha. Pero emocionar no es lo mismo que decir algo cierto. Detrás de tanto efecto no encontré una sola reflexión sobre el pasado que no hubiera leído mil veces. Peralta tenía razón: cuando se produce en serie, el recuerdo deja de ser experiencia y pasa a ser mercancía de catálogo.
FVolver sin mapa. Camila Ruiz
¿Qué esperamos cuando volvemos a la casa donde crecimos? Solís se anima a no responder esa pregunta, y ahí reside la mayor virtud de su novela. La protagonista regresa al departamento familiar buscando una explicación, un cierre, algo que ordene el pasado, y se va con las manos tan vacías como llegó. Otros autores habrían acomodado las piezas en un final reconciliador; Solís se niega, y hace bien. Porque la vida, cuando volvés a los lugares de la infancia, casi nunca te entrega la escena redentora que fuiste a buscar. El desván de Adela tiene el coraje de dejar la herida abierta, de aceptar que hay preguntas sobre uno mismo que no tienen respuesta. No consuela, y por eso convence. En tiempos en que todo relato parece obligado a sanar a alguien, esa negativa se siente como un gesto de honestidad poco común.